Ilustró rrrojo
Ya se que
el reglamento no lo permite.
Pero ¿Quien
alguna vez no la acomodó con la mano?
Si te crees
que “La mano de Dios” la inventó el Diego, te equivocás.
Recuerdo
una final entre los de Defensores de Santos Lugares e Institución Sarmiento.
A estos
últimos los apodaban los “choriceros” por la desacertada idea de poner un
puesto de choripan en un rincón de sus pistas de baile, que comprendían la
cancha de paleta (techado por si llovía) las de basket y el salón con escenario
y todo.
Y no se suspendian por mal tiempo
"8 BAILES 8", como se publicitaba en aquella época, los bailes durante los carnavales.
En su
defensa los del Sarmiento le endilgaban a Defensores ser de Saenz Peña y no de
Santos Lugares, pues estaban en la calle que dividía estas localidades.
Para colmo
les colgaron el mote de “Lujaneros” y no por peregrinar hasta la Basílica, sino
porque periódicamente concurría un camión tanque para desalojar el pozo ciego del
Club, cuya empresa se denominaba precisamente “La Lujanera”.
Los de
Sarmiento tampoco tenían cloacas. Pero eran más discretos al desagotar su pozo
por la calle de atrás y no por su frente.
“La” Sarmiento
no contaba con pileta de natación Olímpica, como Defensores, entonces el barrio
se dividía entre quienes fieles pasaban el tórrido verano refrescándose a
baldazos y los traidores que pagaban cuota a ambos clubes solo porque el “Defe”
tenía pileta.
Entiendan
el problema que generaba esta rivalidad, al punto de que los socios de uno no
se saludaban con los del otro, e intentaban contemporizar acercando posiciones
los socios de ambos.
Pero estos
eran “Traidores vendidos por la pile” para los de Sarmiento y no muy bien
vistos por los de Defe que los consideraban advenedizos y conversos.
Para colmo
Ernesto Sábato vivía frente a Defensores y era considerado su patrimonio por
los Lujaneros, que por proximidad territorial aventajaban a los Choriceros.
Para que
tenga el lector una idea más acabada de la rivalidad le comento que hasta los
torneos interclubes de ajedrez contaban con hinchadas de ambos arengando a sus
representantes y festejando cada pieza comida como un gol.
A pesar del
cartel de “SILENCIO”.
Clubes de
basket tradicionalmente, de tenis y de patín sobre ruedas, parecían no fomentar el fútbol para no
ahondar conflictos entre las barras, pero donde hay un pibe y una pelota
aparece otro pibe y ya tenés un “cabeza” y con otro un “metegolentra” y al
ratito nomás un “picado”.
Es
inevitable.
La pelota.
De trapo, de goma. Plástica o de cuero.
LA PELOTA.
Ambos
tenían pibes jugando en inferiores de Justo José de Urquiza, Estudiantes de
Buenos Aires, Almagro, Chacarita y Atlanta, por ser próximos a Santos Lugares.
Y un día se
dio.
Surgió “el
desafio”.
No creo que
espontáneamente, y existen sospechas que lo fogoneó el Negro Dolina de Caseros,
que se enteró de la “pica” por comentarios de algún boca floja en algún vagón
del ferrocarril San Martín, cuando regresábamos del Nicolás Avellaneda de Palermo.
La cosa es
que el desafío era un hecho y no se podía “arrugar”.
Comenzaron
las especulaciones. Desde “Fulano es nuestro” hasta el “Si, pero sale con
Fulanita que es de ellos” y seguía abierto el libro de pases y todas las
variantes que se puedan barajar sobre fidelidades al barrio y amor por la
camiseta.
El único
que permanecía tranquilo como agua de estanque era el Vasco Iberlucea, devenido
en DT de Sarmiento, seguro como si para ordeñar no tuviera que atarle la cola a
la vaca.
Y Yo no me
podía explicar el porqué de tanta confianza.
Al fin se
determinó lugar y fecha para el histórico desafío. Cancha de Justo José de
Urquiza, en Caseros, detrás de donde hoy está la Muni de 3 de Febrero y es actualmente
un supermercado, cuyo césped era mantenido corto por tres yeguas mansas de un
vecino que las llevaba a pastorear allí cada mañana. El problema eran los pozos
que dejaban después de una lluvia intensa.
Eran como
una letra U mayúscula.
Medio
barrio se movilizó ese frio día de invierno para ver el encuentro. Por las
bocas y narices parecía que todos estaban fumando, hasta que salieron a la
cancha el árbitro y los líneas seguidos por los veintidós que dirimirían el
duelo y traerían honor o la cargada eterna.
El olor a
aceite verde para el masaje previo hablaba de la seriedad con que se había
tomado la cosa y se percibía hasta detrás del alambrado.
Contarles
el desarrollo del partido es para otro relato.
Solo les
digo que había tanto en juego que ninguno arriesgó nada y las emociones fueron
escasas.
Mezquino
juego hasta los cuarenta y uno del segundo, cuando el Turco levantó un centro
hacia la boca del área que El Puma paró ostensiblemente con la mano y de
sobrepique la metió en el arco de Defe. Mano que se vió hasta en la Capital
distante veinte cuadras al menos.
Los de
Defensores rodearon al árbitro, que parecía haberse comido el silbato.
En ese
entonces no había amarillas y dos de los indignados fueron expulsados por
excesos antes de que el de negro pitara el final.
Cosas de la
memoria. Este relato surge de un tirón sobre un recuerdo adormecido, porque
ayer volví a ver a Marcelita, la bellísima hermana del Vasco Iberlucea, el
circunstancial DT de aquel Sarmiento cuestionado ganador.
Me contó
que se casó con su primer novio, árbitro de fútbol, que tenía dos nenas y ahora
vivía en Belgrano pero extrañaba Santos Lugares.
Está
igualita a como era su mamá, bondadosa Señora a la que llamábamos cariñosamente
La Gorda Mary.
Y ahora
entiendo todo. Jugamos con doce
rrrojo
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