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domingo, 15 de julio de 2012

Un relato de rrrojo 04 - JUGAMOS CON DOCE


Ilustró rrrojo


Ya se que el reglamento no lo permite.

Pero ¿Quien alguna vez no la acomodó con la mano?

Si te crees que “La mano de Dios” la inventó el Diego, te equivocás.

Recuerdo una final entre los de Defensores de Santos Lugares e Institución Sarmiento.

A estos últimos los apodaban los “choriceros” por la desacertada idea de poner un puesto de choripan en un rincón de sus pistas de baile, que comprendían la cancha de paleta (techado por si llovía) las de basket y el salón con escenario y todo.

Y no se suspendian por mal tiempo "8 BAILES 8", como se publicitaba en aquella época, los bailes durante los carnavales.

En su defensa los del Sarmiento le endilgaban a Defensores ser de Saenz Peña y no de Santos Lugares, pues estaban en la calle que dividía estas localidades.

Para colmo les colgaron el mote de “Lujaneros” y no por peregrinar hasta la Basílica, sino porque periódicamente concurría un camión tanque para desalojar el pozo ciego del Club, cuya empresa se denominaba precisamente “La Lujanera”.

Los de Sarmiento tampoco tenían cloacas. Pero eran más discretos al desagotar su pozo por la calle de atrás y no por su frente.

“La” Sarmiento no contaba con pileta de natación Olímpica, como Defensores, entonces el barrio se dividía entre quienes fieles pasaban el tórrido verano refrescándose a baldazos y los traidores que pagaban cuota a ambos clubes solo porque el “Defe” tenía pileta.

Entiendan el problema que generaba esta rivalidad, al punto de que los socios de uno no se saludaban con los del otro, e intentaban contemporizar acercando posiciones los socios de ambos.

Pero estos eran “Traidores vendidos por la pile” para los de Sarmiento y no muy bien vistos por los de Defe que los consideraban advenedizos y conversos.

Para colmo Ernesto Sábato vivía frente a Defensores y era considerado su patrimonio por los Lujaneros, que por proximidad territorial aventajaban a los Choriceros.

Para que tenga el lector una idea más acabada de la rivalidad le comento que hasta los torneos interclubes de ajedrez contaban con hinchadas de ambos arengando a sus representantes y festejando cada pieza comida como un gol.

A pesar del cartel de “SILENCIO”.

Clubes de basket tradicionalmente, de tenis y de patín sobre ruedas,  parecían no fomentar el fútbol para no ahondar conflictos entre las barras, pero donde hay un pibe y una pelota aparece otro pibe y ya tenés un “cabeza” y con otro un “metegolentra” y al ratito nomás un “picado”.

Es inevitable.

La pelota. De trapo, de goma. Plástica o de cuero.

LA PELOTA.

Ambos tenían pibes jugando en inferiores de Justo José de Urquiza, Estudiantes de Buenos Aires, Almagro, Chacarita y Atlanta, por ser próximos a Santos Lugares.

Y un día se dio.

Surgió “el desafio”.

No creo que espontáneamente, y existen sospechas que lo fogoneó el Negro Dolina de Caseros, que se enteró de la “pica” por comentarios de algún boca floja en algún vagón del ferrocarril San Martín, cuando regresábamos del Nicolás Avellaneda de Palermo.

La cosa es que el desafío era un hecho y no se podía “arrugar”.

Comenzaron las especulaciones. Desde “Fulano es nuestro” hasta el “Si, pero sale con Fulanita que es de ellos” y seguía abierto el libro de pases y todas las variantes que se puedan barajar sobre fidelidades al barrio y amor por la camiseta.

El único que permanecía tranquilo como agua de estanque era el Vasco Iberlucea, devenido en DT de Sarmiento, seguro como si para ordeñar no tuviera que atarle la cola a la vaca.

Y Yo no me podía explicar el porqué de tanta confianza.

Al fin se determinó lugar y fecha para el histórico desafío. Cancha de Justo José de Urquiza, en Caseros, detrás de donde hoy está la Muni de 3 de Febrero y es actualmente un supermercado, cuyo césped era mantenido corto por tres yeguas mansas de un vecino que las llevaba a pastorear allí cada mañana. El problema eran los pozos que dejaban después de una lluvia intensa.

Eran como una letra U mayúscula.

Medio barrio se movilizó ese frio día de invierno para ver el encuentro. Por las bocas y narices parecía que todos estaban fumando, hasta que salieron a la cancha el árbitro y los líneas seguidos por los veintidós que dirimirían el duelo y traerían honor o la cargada eterna.

El olor a aceite verde para el masaje previo hablaba de la seriedad con que se había tomado la cosa y se percibía hasta detrás del alambrado.

Contarles el desarrollo del partido es para otro relato.

Solo les digo que había tanto en juego que ninguno arriesgó nada y las emociones fueron escasas.

Mezquino juego hasta los cuarenta y uno del segundo, cuando el Turco levantó un centro hacia la boca del área que El Puma paró ostensiblemente con la mano y de sobrepique la metió en el arco de Defe. Mano que se vió hasta en la Capital distante veinte cuadras al menos.

Los de Defensores rodearon al árbitro, que parecía haberse comido el silbato.

En ese entonces no había amarillas y dos de los indignados fueron expulsados por excesos antes de que el de negro pitara el final.

Cosas de la memoria. Este relato surge de un tirón sobre un recuerdo adormecido, porque ayer volví a ver a Marcelita, la bellísima hermana del Vasco Iberlucea, el circunstancial DT de aquel Sarmiento cuestionado ganador.

Me contó que se casó con su primer novio, árbitro de fútbol, que tenía dos nenas y ahora vivía en Belgrano pero extrañaba Santos Lugares.

Está igualita a como era su mamá, bondadosa Señora a la que llamábamos cariñosamente La Gorda Mary.


Y ahora entiendo todo. Jugamos con doce



rrrojo



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