El descenso del Rojo de Avellaneda desde la particular
pluma del gran escritor argentino, hincha confeso de Independiente. Exclusivo
para El Gráfico.
Nota publicada en la edición de julio de 2013 de El
Gráfico
Lo lamento por ustedes señores, pero la vida es así. No
todos podemos tener suerte todo el tiempo. Y ahora, nos tocó a nosotros.
Paciencia. Que ya la vida girará otra vuelta, y los casilleros quedarán
apuntados de distinto modo. Y serán otros los afortunados. Pero la envidia es
una cosa fea, que empequeñece el alma y nos quita dignidad. Por eso, por favor,
intenten evitar la envidia. Al menos, hagan el intento, señores.
Las oportunidades llegan a veces. Y cuando llegan, hay
que aprovecharlas. Hoy están y mañana no. Será por eso que las personas nos
desesperamos cuando las vemos despuntar, cerca de nosotros. Porque florecen y
se van. No es que desaparezcan de la faz de la tierra. No. Pero se van a la
vida de otros. A ofrecerse y a esperar. A ver si las toman o las dejan.
Algunos sostienen que las oportunidades están al
alcance de los que merecen tenerlas. Otros dicen que no. Que se trata del azar.
Yo no tengo una respuesta. No sé si las oportunidades llegan porque las
merecemos o porque, simplemente, alguna vez en la rifa toca que salga el número
que tenemos hecho un bollo, en el puño cerrado. En el fondo, y si me apuran, me
siento más cerca de estos últimos. De los que suponen que el destino, o el azar
(que es el destino pero convertido en caos), es el que nos arroja los sucesos
por la cabeza, los buenos y los malos, los dolorosos y los deseados.
Todo este largo antecedente, si me permiten, es una
especie de pedido de disculpas. Porque sé que los futboleros de alma, esos que
viven y entienden el fútbol como muy adherido a lo más valioso y profundo de
sus vidas, están envidiando con toda su alma a los hinchas de Independiente. En
el mejor de los casos será una envidia sana, si esa cosa finalmente existe.
Pero envidia al fin.
Y corresponde que uno sea humilde. Humilde y ubicado. Y
si ahora Dios (suponiendo que Dios se ocupe de esas cosas) nos puso en este
sitio, tampoco tenemos que creernos tan especiales, o tan elegidos. Nos tocó,
perfecto. Pero ayer les tocó a otros. Y mañana igual. Por lo tanto,
agradezcamos ser los elegidos. Pero seamos mansos. Mansos y pacientes. Nada de
agrandarnos.
Lo cierto es que este es nuestro momento, y está bien.
A disfrutarlo, qué tanto. A encararlo como se merece. En nuestra historia
centenaria, sólo los hinchas actuales de Independiente tenemos la chance de
enfrentar este momento. Es probable que, dentro de muchos años, los jóvenes nos
pregunten si a nosotros nos tocó vivir el descenso del 13. No sé cómo se
llamará. Calculo que así: “El descenso del 13”. Aunque las grandes cosas
reciben su nombre después de rodar mucho, como las piedras. Así que no sé cómo
se va a llamar. Pero se nos quedarán mirando, deseando saber cómo fue, cómo nos
sentimos, cómo lo enfrentamos, cómo nos dolió, cómo nos curamos.
Por eso es que somos los elegidos. Todos los demás
hinchas del Rojo, desde que Independiente nació, esos hinchas y socios que
acompañaron al club durante más de cien años pero partieron antes de junio, no
tuvieron la chance de acompañarlo también en su aventura más oscura, la más
impensada, y por eso, tal vez, la más gloriosa.
Nos esperan tiempos de aprendizaje. Habrá que
aprenderse nuevas formaciones. Nuevas maneras de entrar y salir de canchas que
no conocemos. Habrá que hacer memoria de cómo regresar a otras que hace tiempo
no visitamos. Habrá que archivar algunos cantitos de cancha. A otros deberemos
cambiarles la letra. Y otros, habrá que dejarlos como están.
Habrá que reírse, también. A carcajadas. De nosotros
mismos. De todas las chambonadas que nos llevaron a bajar. De la fortuna que
dilapidamos, mareados por tanta historia y tanta copa. Pero nada de duelo,
señores míos. Que el duelo es para la muerte. Para la última partida. Y aquí
nadie se ha muerto, sino todo lo contrario.
Habrá que extrañar los clásicos. Pero los otros equipos
grandes tendrán también que adaptarse a que no estemos. Y van a extrañarnos.
Sin nosotros, el fixture se quedará rengo. Tal vez se pregunten en qué andamos.
Tal vez los más pesimistas de nuestros rivales, hasta se dejen un poco de sitio
para el temor. Y harán bien en temer. Porque, tal vez, regresemos renovados.
Tal vez regresemos con el empuje aumentado, las energías desbordantes y las
victorias maduras. Tal vez, nuestra momentánea lejanía no haga sino dilatar
nuestra leyenda. Tal vez, dentro de un tiempo, algunos rivales hasta piensen
que hubiese sido mejor que no nos hubiésemos ido, porque ahí, en el fondo del
mar, fue donde renacimos a nuestras mejores cualidades y a nuestros tiempos
preferidos.
Como esos sordos ruidos que se dejaban oír tras los
muros del convento, según la marchita, y preparaban la primera victoria de José
de San Martín con sus granaderos a caballo, cuando se disponía a convertirse en
libertador de América. Y miren qué casualidad, señores, dónde me lleva esta
enumeración de hechos y proyectos. A esas palabras que tanto significan para
Independiente.
No nos esperan noches de copas. No en lo inmediato.
Tenemos mucho que andar para volver a merecerlas. Pero nos aguardan epopeyas
igual de legendarias. No existen sueños chicos y sueños grandes. Me parece a mí
que en cada momento hay que soñar los sueños que te tocan.
Ahora, nos vamos. Se agradece la atención dispensada.
Pero tenemos que irnos. A rescatar del barro las primeras hilachas de la
gloria. A demostrar de qué estamos hechos. A escribir los cimientos de una
nueva grandeza.
Y no. Nadie puede venir adonde vamos. Tendrán que
quedarse ahí, en la tranquila parsimonia de la Primera División. Sin tener que
demostrar nada. Limitándose al manso amor de una normalidad anodina, casi
burocrática.
Porque este castigo no es para ustedes. Es para
nosotros solos. Solos, ahí, para bancarnos todas las cargadas. Solos, ahí, para
darnos un poco la cabeza contra la pared, e insultar un poco al aire, y
sostenernos la cabeza con las manos en las sienes, y con los codos en la mesa,
y con el cuerpo encorvado, y con la silla crujiendo. Y pasará pronto. Porque al
rato habremos visto, como decía el Negro Fontanarrosa, que al final no era para
tanto.
Ahí nos vamos. Como el hombre cansado que, después de
beberse sus dolores en la barra de un bar de mala muerte, se palpa los
bolsillos y paga hasta el último centavo de las copas que se ha tomado. Sin
caprichos espurios. Sin histerias trasnochadas. Con la escueta dignidad del que
conoce sus errores. Exhibiendo, tal vez, la luminosa belleza del último
fracaso. A salvo de todas las caricias del éxito. Sin necesitarlas.
Ahí nos vamos. Con nuestras viejas medallas a cuestas.
A recuperar punto por punto lo que es nuestro. A recorrer esos caminos que nos
faltaban recorrer. A probar que la grandeza es un gesto, y no una acumulación
de pergaminos.
Intenten no envidiarnos, señores. Paciencia. Este lujo
es sólo para nosotros. Otra vez, otro año, podrá tocarles. Pero este fracaso es
todo nuestro. Nos pertenece y nos enamora sólo a nosotros. Esta es nuestra
prueba y nuestro exquisito calvario.
Aquí se quedan los demás, bajo las luces estridentes de
Primera. Nosotros nos vamos, a cosechar hazañas al único sitio donde todavía no
las habíamos sembrado. Los demás se quedan acá. En el fácil amor de la
abundancia. Nosotros, por fin, nos daremos el lujo de bajar al infierno. Ese
excéntrico placer que todavía no nos habíamos cobrado.
Gracias a Dios, Independiente nos tenía guardada esta
borrasca. Porque nadie va a poder decirnos, ahora, que nos quejamos de llenos.
No. Primero, porque no nos quejamos. Y segundo, porque estamos de cualquier
manera menos llenos. Al contrario: estamos vacíos de un montón de cosas. Pero
sólo por ahora. Porque desde que empecemos a averiguar con quién nos toca la
primera fecha, empezaremos a llenarnos el alma otra vez. Desde la primera vez
que asomen nuestras camisetas en una cancha repleta de ilusos que cantan porque
esa alegría no te la quita nada.
Gracias a Dios, Independiente se fue al descenso.
Porque si no se hubiera ido, sus hinchas no tendríamos la oportunidad de
seguirlo hasta el infierno. Ni tendríamos la chance de acompañarlo y de
defenderlo. Ni la oportunidad de esperar desesperadamente a que empiece agosto,
para empezar a volver.
Así que, en serio, por favor, señores, no nos envidien.
En una de esas, el fútbol les ofrece esta misma posibilidad, en alguna otra
temporada. Habrá que ver. Pero ahora nos toca a nosotros. Ahí nos vamos. Con toda
la gloria que ya tenemos, a juntar la gloria que nos falta. Hasta la vuelta.
Por Eduardo Sacheri
Fuente El Gráfico
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