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Por Cristian Grosso
A un equipo se le puede perdonar casi todo, menos que no
tenga estilo.
La selección argentina lo sigue buscando.
En el camino también se
ha demorado la construcción de una defensa granítica y confiable. En las
últimas tres temporadas y media ya desfilaron 39 zagueros centrales y ninguna
solución.
Un déficit que excede largamente el ciclo de Alejandro Sabella, una
cifra que por abultada revela desorientación, distracciones y hasta
incapacidad.
Se han agolpado decenas de nombres y nunca se consiguió
cristalizar una auténtica línea de fondo.
Además, la ausencia de laterales ha acentuado la decrepitud
en esta región del campo. Una parcela sin gestos reconocibles ni apellidos
referenciales.
Sin una médula que la motorice. Sabella ya citó a 23 defensores,
y entre ellos ha llamado a 14 centrales. Incluso, ayer, comenzó a ensayar la
variante de retrasar a Javier Mascherano a la zaga.
Pero más allá de
entrenadores, esquemas, dibujos o partituras, flota un problema más
trascendente: en la retaguardia falta jerarquía. Vaya si habrá recibido
reproches y hasta señalamientos con sarcasmo Roberto Ayala, ¿sí?
Hoy se
trataría de un pilar y su ausencia todavía quema.
Intentando desprenderse de una mecánica de designaciones que
por momentos ha recorrido senderos desprolijos o forzados, como en tiempos de
Sergio Batista, y hasta en ocasiones sospechosos, como en los días de Diego
Maradona, a los futbolistas también les cabe una responsabilidad: no
aprovecharon la oportunidad.
Aunque el escenario no fuese el ideal, no se
rebelaron para dejar una huella en la selección. Algunos pasaron como si se
tratase de un homenaje en cercanías de su retiro y otros, apenas con la ilusión
de contárselo mañana a sus nietos.
Alguna vez debutaron en la selección Kempes,
Burruchaga, Batistuta, Caniggia y Simeone, por ejemplo, y ese instante se
volvió una bisagra en sus trayectorias.
En este caso apenas se apiñaron nombres
sin apetito de reescribir la historia. Y de eso sólo ellos son los culpables.
¿De allá y de acá? que luego también fueron de allá. Desde
Ezequiel Muñoz, Federico Fernández y Otamendi, hasta Federico Fazio, Mateo
Musacchio y Nicolás Pareja.
Jóvenes y prometedores o mayorcitos consolidados,
como Juan Forlín, Ezequiel Garay, Lisandro López, Fernando Tobio, Heinze, Rolando
Schiavi, Leandro Desábato y Alexis Ferrero.
Desconocidos y consagrados, como
Matías Rodríguez, Hugo Campagnaro, Ignacio Canuto, Gabriel Milito, Nicolás
Burdisso, Samuel, Martín Demichelis y Fabricio Coloccini.
Polifuncionales como
Cellay, Ré, Gabriel Mercado y Garcé.
Y siguen las firmas. Caruzzo, Tata Díaz,
Goltz, Bottinelli, Insaurralde, Julián Velázquez, Jonatan Maidana, Matheu,
Galeano, Alexis Ferrero, Guillermo Burdisso, Mariano Echeverría, Sebastián
Domínguez.
Entre 39 apellidos no aparece ni uno indiscutido. Un repaso
demoledor para entender otra legítima sensación de inseguridad.
Fuente Cancha Llena
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