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sábado, 1 de julio de 2017

Cuentos de fútbol - "Las Memorias del Mister PeregrinoFernandez XI escritor ejemplar " Por Osvaldo Soriano

 
         

El final de la guerra me sorprendió en París jugando para el Red Star. Esta vez me dieron unos documentos falsos a nombre de un tal Jean Dubois, un colaboracionista que la Resistencia había liquidado en Brest por mostrarse demasiado amable con los alemanes. Yo ya me había comido los garrones de la Italia fascista y el stalinismo en la URSS y suponía que no iba a tener más problemas de ese tipo porque en la Francia ocupada las cosas estaban bastante tranquilas. De tanto en tanto algún bombardeo intimidatorio de la aviación inglesa, pero nada del otro mundo comparado con lo que pasaba en Londres o en el frente ruso.


Imaginate, que una noche voy al teatro con mi novia a ver el estreno de Las Moscas, de Sartre. Yo llevaba un documento insospechable de judaísmo, comunismo o mestizaje y andaba con una mina bárbara, lo que no probaba nada pero hacía difícil que pudieran acusarme de pederasta. Así que nos sentamos alegremente en la fila seis a la espera de alguna súbita manifestación de repudio a los nazis o que estos se indignasen con la pieza y se llevaran presos al autor y a los actores. En fin, que fuimos a ver un escándalo, tan frívola nos parecía esa guerra sin tiros en la que Francia batía récords de asistencia a cines y teatros, récords de ventas de libros, récords de entradas a espectáculos y cabarés.

El teatro estaba lleno de oficiales alemanes en uniforme de gala, entorchados de svásticas. Nosotros esperábamos una batahola y a medida que la obra avanzaba y el propio Sartre se revolvía en su butaca de la última fila, pensábamos en el odioso recibimiento que mereció el Nabuco de Verdi, en el pobre Oscar Wilde y en el Marqués de Sade pudriéndose en la cárcel, en el Dante exiliado en Rávena, en Alejandro Dumas y Victor Hugo prófugos en Bruselas y así de seguido. Queríamos presenciar con nuestros propios ojos un acontecimiento que pasaría a la historia: el sacrificio de un artista rebelde.

No me vas a creer: cae el telón y los oficiales nazis empiezan a aplaudir. Se ponen de pie y se rompen las manos de tanto aplaudir. Y los actores, chochos, que llamaban al autor a que suba al escenario. El teatro entero ovacionaba y el gran Jean Paul Sartre hacía gestos de agradecimiento, se plegaba en dos, saludaba como si no viera los uniformes.

¡Qué desilusión! ¡Qué compleja es el alma de los hombres…! Estuve dos partidos sin hacer goles, mirá. Ya vivíamos juntos Mirelli y yo, en una chambre de bonne, que es como una casilla de perro pero más chiquita y sin letrina. Todo estaba racionado y había que rebuscárselas en el mercado negro. Sobraba la plata porque no había en qué gastarla como no fueran libros o espectáculos. Te podría contar mil historias; si elijo esa secuencia de Sartre es porque después de la liberación lo vi en las barricadas literarias juzgando a delatores y a oportunistas en lo que llamaban «depuración de intelectuales». Hubo un puñado de tipos que pagaron por todos. Drieu la Rochelle, el de El fuego fatuo, se suicidó; al editor Denoel lo mataron de un balazo en plena calle; Louis Ferdinand Céline, uno de los pocos genios de este siglo, se escapó a campo traviesa hasta que lo agarraron en Dinamarca y lo metieron en cana en un sótano junto al actor Robert Le Vigan y al gato que llevaban con ellos.

El que la ligó en serio por tantos escritores indignos fue Robert Brasillach, uno de los grandes poetas de aquel tiempo, el favorito del general De Gaulle. Un tribunal lo condenó a muerte por colaborar con el enemigo, pero a casi todos los escritores, derechos o traidores, la sentencia les pareció exagerada. Una cosa es un escarmiento, pensaban, otra que te manden al paredón. Al fin y al cabo, salvo el poeta René Char y los tipos del periódico Le Canard Enchainé, que entraron en la Resistencia el mismo día que los nazis ocuparon París, quien más quien menos había vivido, convivido o franeleado con los alemanes. De modo que publicaron solicitadas con las firmas de izquierdistas y reaccionarios y designaron una comisión para que pidiera una audiencia a De Gaulle. Iban a solicitarle clemencia. De Gaulle les concedió veinte minutos.
Un secretario de Estado aconsejó a la delegación que aprovechara el tiempo al máximo. Que argumentara de manera elocuente, clara y emotiva dado que se trataba del escritor preferido del General. De modo que se sentaron frente al jefe de la Resistencia y se explayaron sobre las contradicciones entre el talento y las debilidades del alma, le hablaron del intachable pasado pretérito del autor de Como el tiempo pasa; lo conmovieron con una apología de una poética que superaba las flaquezas humanas del autor y concluyeron con un alegato sobre el lugar que ocuparía la obra de Brasillach en la Francia eterna.
Al cumplirse el plazo de veinte minutos,  De Gaulle se puso de pie con gesto solemne y sostuvo: «Señores: a escritor ejemplar, castigo ejemplar». No se pronunció una palabra más y a la madrugada Brasillach enfrentó el pelotón de fusilamiento. Dos directores de periódicos fueron despenados también, decenas de cagatintas condenados a trabajos forzados y todos los diarios que habían circulado bajo la ocupación, confiscados. Una nueva prensa nació con la Liberación, una prensa que tuvo como emblema la revista Combat, de Albert Camus. Ahora te hablo de mí, aunque nunca dejé de hacerlo: esos regocijos populares me tentaron a terminar mi carrera en el fascinante París de la posguerra. El fútbol no es muy popular acá, pero a la fascinación por los debates políticos se sumaron en mi vida otros encantos tardíos: muchachitas rientes y floridas, camaradas de causas perdidas, amigos de la noche, filósofos siempre equivocados.

Ahora, en este geriátrico impoluto, hago la cuenta sin remordimientos: ciento setenta goles en siete países, pocos de penal; unas cuantas veces en cana por meterme donde nadie me llamaba. Jugué en todas partes: estadios, potreros, castillos, avenidas de doble mano, buques y hasta en un Hércules que volaba clandestino con armas para Cuba. Hice plata y la derroché. Vi el mundo agonizar y renacer. Vi la derrota nazi y se me vino encima el Muro de Berlín. Yo estaba ahí. Te lo cuento sin nostalgia. Al escribir, cuidame. Son mis memorias; no quiero aparecer como un viejo gruñón que idealiza sus años juveniles. Andate con esta cita de Sartre que tengo subrayada en El idiota de la familia:
«El lenguaje del locutor se disuelve inmediatamente en el alma del que oye; queda un esquema conceptual y verbal a la vez, que preside a la reconstitución y a la comprensión. Esta será tanto más profunda cuando la restitución palabra por palabra sea más inexacta».

Ahora andá. La próxima vez no te olvides de traerme unos cigarros cubanos. Cuando te vas enciendo uno y medito sobre la eterna y cruel inexactitud de la palabra.


Osvaldo Soriano
Extraído de "Arqueros, ilusionistas y goleadores". 2014. Editorial Planeta. Seix Barra



Fuente Don Patadón

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