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domingo, 12 de junio de 2016

"Todos los caminos conducen a Messi", la columna de Diego Latorre



La Pulga le cambió la cara a la selección, que se ilusiona en la Copa América Centenario; un análisis de los principales rivales de la Argentina

Por Diego Latorre



Messi festeja uno de los tres goles que anotó ante Panamá. Foto: LA NACION / Aníbal Greco


De pronto, el cielo y el camino se despejaron para la Argentina en esta Copa América. ¿Porque ya no está Uruguay? ¿Porque Chile y Brasil presentan versiones descafeinadas? ¿Porque México o Colombia proponen alternativas interesantes pero no del todo consolidadas? Sí, también. Pero básicamente, porque volvió Lionel Messi. Y más allá de las circunstancias a favor -un rival muy inferior, un jugador más en la cancha y un 1-0 en el marcador-, la importancia de un jugador influyente se pudo apreciar el viernes en toda su dimensión.

La incorporación del 10 al juego en la media hora final contra Panamá dividió el partido y el funcionamiento de la Argentina en dos partes absolutamente diferentes, estableciendo una vez más que las distancias que existen entre Messi y el resto son abismales. Me recordó una serie de cuartos de final de la Champions League 2013. Barcelona había empatado 2-2 la ida en París ante PSG y perdía 0-1 en el Camp Nou. Messi, lesionado, estaba en el banco. Como el viernes, entró en el minuto 61 y su ingreso provocó tal electricidad que todo el escenario se modificó. El estadio se encendió, el equipo recuperó la chispa y el rival se paralizó. Diez minutos más tarde, Leo inició un ataque, Pedro hizo el 1-1 y Barça pasó a las semifinales.

Sin Messi, la Argentina volvió a ser el equipo desbocado al que le cuesta crear circuitos colectivos de juego y va muy directo al grano, tal como ante Chile. Pero a partir de ahora, hay que mirar el futuro con la perspectiva del 10 en la cancha. Y entonces surgen otros interrogantes: ¿por quién tiene que entrar?, ¿dónde debe jugar?

No es mi función ni éste es el sitio para dar una respuesta a la primera pregunta, aunque la lesión de Di María parece allanarle la ruta a la decisión de Martino. En ese caso, el equipo deberá buscar las variables necesarias para mantenerse abierto en ataque y ofrecer posibilidades de descarga a los volantes.

La otra alternativa fue brindada por el propio técnico con el cambio realizado el viernes: Messi por Augusto Fernández, con Lamela ocupando el lugar de Di María. Hasta ahora, la Argentina ha convivido con dos realidades simultáneas. Una, cuando encuentra espacios para lanzar el contraataque, y otra, cuando el rival se repliega. La primera, que no favorece a Messi más que en momentos puntuales, permite explotar las cualidades de jugadores como Gaitán, Higuaín y el propio Di María. La otra precisa de un mejor manejo de los tiempos y las velocidades, y en ese sentido un triángulo Banega-Lamela-Messi enriquecería el circuito.

La determinación que tome Martino se verá recién en cuartos de final, donde además empezarán a jugar otros factores, como la deuda histórica que arrastra la selección en los últimos años y la convivencia con el cartel de favorito. Será el momento de medir las convicciones y sacar conclusiones.

Pero mientras llegan esos encuentros al límite y sin revancha me parece interesante echar un vistazo a lo que viene dejándonos hasta ahora la Copa América. Por ejemplo, las buenas sensaciones que entregan Colombia y México, el crecimiento que promete Estados Unidos, la decepción de un Uruguay estancado en la tradición de la garra pero sin evolución ni reciclaje. Y la confirmación de que más allá del 7-1 a Haití en un partido que fue un monólogo casi absurdo, Brasil sigue siendo más historia que presente, con un aroma que se desprende al ver su camiseta y se evapora al comprobar la realidad de un equipo sin esencia.

El fútbol mexicano tiene la dinámica y el atrevimiento incorporado en los genes. El juego que propone es fresco, saludable, incluso con un grado de inconsciencia, y en las canchas estadounidenses está apoyado por una multitud que le genera un alto grado de compromiso. Pero todavía no ha encontrado el punto justo para consolidar el funcionamiento. La velocidad fascina, aunque suele ir en contra del talento porque el talento necesita pensar.

México, que tuvo un gran rendimiento contra Uruguay en el debut, no logró consolidarlo frente a Jamaica, y sus mayores déficit llegaron por ese exceso de velocidad. Cuando un equipo aplica la pausa y los jugadores levantan la cabeza aumenta la visibilidad de lo que ocurre alrededor y aparecen otras opciones. Hay más panorama, mayor claridad, los compañeros también se frenan, pueden acercarse para tocar y la llegada es más armónica.

Pero México, con dos punteros muy rápidos, tiende a caer en la tentación de fabricar la jugada de gol cuanto antes. Y esto lo complica también en la recuperación de la pelota. Al imprimirle tanto vértigo a sus ataques, el equipo queda muy abierto, con las líneas demasiado separadas entre sí -lo cual impide el anticipo defensivo- y amplios espacios vacíos. Por ese lado, Jamaica le creó muchas situaciones de gol que un conjunto con delanteros más aptos no habría desaprovechado. Juan Carlos Osorio es un director técnico experimentado y estudioso. Si es capaz de aceitar esta cuestión, México será un rival peligroso hasta el final.

Colombia también brindó ratos de muy buen fútbol. El equipo en general se aprecia más maduro, y cuenta con el mejor James Rodríguez posible.

Hay futbolistas que crean una relación muy especial con la camiseta de su selección, y éste es el caso. Cuando juega para su país, James tiene una energía distinta, se lo nota feliz, con otro nivel de familiaridad. Seguramente porque Pekerman le otorga el papel de protagonista que no tiene en Real Madrid. Con Colombia, James es dueño del fútbol del equipo, toma la mayoría de las decisiones y nadie lo discute.

Este nivel de confianza, esta invitación a arriesgar sin sentirse sospechoso, potencian las capacidades de los jugadores talentosos y sensibles, como James. Además, ha encontrado un socio ideal en Edwin Cardona, un futbolista que siempre había mostrado cierta pereza para cumplir obligaciones defensivas y esta vez parece haber entendido que la cooperación es vital para el funcionamiento colectivo.

Ellos dos, más Bacca, Cuadrado y un equipo en el que prácticamente todos se relacionan bien con la pelota ponen a Colombia en el punto exacto desde donde puede afrontar retos superiores. Queda por ver si consigue trasladar su desinhibición y su atrevimiento a las instancias decisivas. Hasta ahora se quedó en la orilla, tal vez por volverse demasiado solemne en los partidos de mayor jerarquía, y será interesante comprobar si las malas experiencias le sirvieron como aprendizaje.

México y Colombia transitan hasta ahora caminos firmes. Y el camino es lo que fortalece. No se trata de un concepto teórico, idealista o romántico, sino de aquello que brinda optimismo y confianza en el juego, que en definitiva es lo único por atender para ser mejor en el siguiente partido.

También la Argentina circula por esta vía. El seleccionado carece de un funcionamiento que le permita resolver mejor las dificultades que le presenta el juego, pero tiene individualidades que lo ayudan a maquillarlas. Sobre todo una, Lionel Messi, el punto de donde parten y hacia donde conducen todos los caminos.

Fuente Cancha Llena

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