La historia del central que tuvo un comienzo humilde y que
hoy está entre los cinco mejores para Martino; el desafío de ganar la Copa y el
futuro DT en Manchester
Por Guido Molteni
CHICAGO, Estados Unidos.- Nicolás se sube al colectivo 721.
Es el año 2002, tiene 14 años y está en el barrio La Paloma del Talar de
Pacheco, una zona humilde de casas bajas del Gran Buenos Aires. Sentado, lleva
en las manos la vianda que su mamá Silvia le preparó: antes ella lo acompañaba,
pero ahora no hay plata para tantos viajes. Para llegar a la Villa Olímpica de
Vélez deberá combinar con el 15 en Panamericana y el 57 en Puente Boulogne, que
lo dejará a diez cuadras. Catorce años después, Otamendi se baja. Atrás está el
micro negro que paseó a la selección argentina por las calles de Chicago,
alrededor de los rascacielos inmensos y el imponente lago Michigan de una
ciudad que late como una mini Nueva York con estilo europeo. Escondido detrás
de una visera blanca y con la barba tupida, la cara del defensor que abrió el
partido contra Panamá y se afirmó como el central más importante de la
Argentina pasa inadvertida. En el último entrenamiento antes de viajar a
Seattle, todos los flashes van con Messi. Y él sigue su camino.
Silencioso afuera de la cancha y gritón adentro, Otamendi
enamoró a Gerardo Martino porque tiene velocidad, es tiempista, muestra firmeza
en el juego aéreo y sale jugando con facilidad. "Está entre los cinco
mejores centrales del mundo", dijo alguna vez el Tata, que lo considera
entre los indispensables del equipo que ya se aseguró la clasificación a los
cuartos de final de la Copa América y anoche volvió a la costa oeste de Estados
Unidos para jugar ante Bolivia e intentar asegurarse el primer puesto del
grupo.
"Nos prometimos ganar la Copa América. Es bueno
convertir un gol por la confianza, pero lo que importa es que el equipo siga
mejorando". En la zona mixta del Soldier Field, luego de la goleada por 5
a 0, Otamendi se toma su tiempo para responder cada pregunta. Hace siete años
comenzó a compartir el camino de su vida con la selección, también contra
Panamá. Aquel amistoso del combinado local de Diego Maradona en Santa Fe,
cuando Nicolás sólo tenía once partidos en Primera División, fue el primer
paso. Luego vinieron las sufridas Eliminatorias, el Mundial 2010 donde debió
jugar de 4 y quedó marcado por su flojo nivel en los cuartos de final ante
Alemania, la decepción por no entrar en la convocatoria de Alejandro Sabella
para Brasil 2014 y el regreso al año siguiente en el ciclo de Martino.
Todo sucede rápido en la vida de Otamendi. En el plano
profesional, el fútbol ya lo hizo vivir en Porto, Belo Horizonte (pasó por
Atlético Mineiro), Valencia y Manchester, donde llegó hace un año al City por
una cifra exorbitante: 45 millones de euros. En el plano personal, el
nacimiento de su primera hija, Morena, cuando tenía 19 años, fue el motor que
necesitaba para no bajar los brazos, ya que todavía no había debutado en
Primera. Por eso se tatuó el nombre en el abdomen. Y por eso se encarga de
decir, cada vez que puede, que quiere asegurarle a ella y a sus hijos menores
-Mía (6) y Valentín (2)- un buen futuro para que no pasen las necesidades que
él tuvo de chico.
De padres separados, Otamendi es el menor de los cuatro
hermanos que vivieron junto a su mamá Silvia en el Talar. Su relación con
Vélez, club en el que debutó en 2009, comenzó casi de casualidad: una amiga de
la familia, Betty, llevó a su hijo a probarse a Vélez y Nicolás lo acompañó.
Con siete años recién cumplidos, terminó jugando en una cancha de fútbol 5 que
estaba armada debajo de una tribuna del estadio Amalfitani y al año siguiente
lo pasaron a cancha de once. De esa época siempre recuerda que su mamá lo iba a
ver en todos los partidos. "Ella sabe más de fútbol que yo", se
encarga de decir cada vez puede.
Hace ocho años que mamá Silvia comenzó con un ritual. Tiene
un álbum con recortes de noticias donde figura su hijo. Están las del título
con Ricardo Gareca, en el Clausura 2009, también hay cosas de su etapa en
Portugal, donde ganó la Liga y la Europa League, y sumó la última Copa de la
Liga de Inglaterra con Manchester City, donde en la próxima temporada será
dirigido por Pep Guardiola. Todavía quedan muchas páginas por llenar en la vida
de su hijo. Por eso sueña con que el 27 de junio, un día después de la final de
la Copa América, el diariero le deje una buena noticia en la puerta.
Fuente Cancha Llena

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