El capitán apareció renovado y locuaz luego de los tres
goles a Panamá; hasta se permitió bromear por sus tiros libres y una barba que
pasó a ser cábala para sus compañeros
Por Andrés Eliceche
Foto: Aníbal Greco
CHICAGO, Estados Unidos.- No hay caso, Lionel Messi no
puede. Encara por el centro, recibe el pase y remata, pero el arquero da un
rebote corto. Así que ahí va el hombre, insistente, recoge la pelota y patea de
nuevo: otra vez el arquero. Pasan unos minutos y tiene una tercera oportunidad,
la vencida. No, se nota que no va a ser su mañana. ¿O sí? Enseguida consume su
venganza contra Mariano Andújar cediéndoles tres asistencias a Ezequiel Lavezzi
y Sergio Agüero. Messi está enfocado.
El sol de las 11 sube la temperatura a 31 grados, y las
madres que se sientan en la pequeña tribuna del campo de entrenamiento de la
Universidad de Illinois hacen promedio: miran un rato la cancha y otro la que
tienen atrás, donde sus hijos juegan un partido de béisbol de una liga de
menores. El mini partido entre los suplentes de la selección -con Messi jugando
de Gaitán, diría un atrevido- y los chicos de las divisiones juveniles de
Chicago Fire se termina con Christian Márquez, un mexicano de 16 años,
orgulloso con su medalla: "Le quité una pelota a Messi", cuenta. El
10 frena, firma camisetas, hace un chiste con el entrenador de arqueros y se
va: acaba de jugar con una intensidad tal que un desinformado no podría creer
que apenas unas horas antes había despanzurrado a Panamá. Messi está pleno.
"Entro y resolvió todo, ya vieron lo que pasó. No puedo
decir nada más... Lo disfruto tanto como ustedes", lo había elogiado
Gerardo Martino en las catacumbas del Soldier Field en la noche del viernes,
después del recital. Y él, más predispuesto que de costumbre, se había tomado
15 minutos para hablar con los periodistas. Si alguien creyó que iba a romper
un molde, se equivocó; eligió bien las palabras para responder sobre los dichos
de Maradona:
"Siempre escucho lo que dice y tomo todos sus consejos para seguir mejorando", dijo, como si lo hubiera ensayado frente al espejo.
Su golazo de tiro libre lo reconfortó no tanto por haberlo logrado, sino por el mensaje: "Antes me costaba, pero practiqué y mejoré. Está bueno que los arqueros me tengan un poco de miedo". También se ríe de su barba, una imagen nueva en él, más propia de recios como Otamendi: "No me la corto ni loco. Mis compañeros no me dejarían", hace un guiño, cabulero. Messi está locuaz.
"Siempre escucho lo que dice y tomo todos sus consejos para seguir mejorando", dijo, como si lo hubiera ensayado frente al espejo.
Su golazo de tiro libre lo reconfortó no tanto por haberlo logrado, sino por el mensaje: "Antes me costaba, pero practiqué y mejoré. Está bueno que los arqueros me tengan un poco de miedo". También se ríe de su barba, una imagen nueva en él, más propia de recios como Otamendi: "No me la corto ni loco. Mis compañeros no me dejarían", hace un guiño, cabulero. Messi está locuaz.
El día después de haber electrificado Chicago, Messi
amaneció con su cara en la tapa del Chicago Tribune, incrustada entre un una
noticia sobre béisbol y otra sobre hockey sobre hielo, dos pasiones nacionales.
"Messi mágico desde el banco", tituló el diario. "El sueño
americano del mejor del planeta", lo había presentado a fines de mayo la
revista Sports Illustrated en su número especial sobre el torneo. Si la Copa
América logra levantar unos grados su baja temperatura será por este hombre que
"cambiaría sus cinco balones de oro por un título con la selección".
Messi está obsesionado.
Haber quedado a un gol del récord de Gabriel Batistuta como
goleador histórico de la selección, dice, no lo vuelve loco. Tal vez porque la
marca caerá inevitablemente, como si no necesitara proponérselo. Y resulta
lógico pensar que el mojón se cumplirá aquí, en esta tierra que ahora lo
reconoce, a pesar de lo lejos que sigue el soccer de los deportes
tradicionales. En Estados Unidos marcó diez de los 53 goles que tiene con la
camiseta argentina.
El viernes tachó a Chicago en su lista de ciudades de este
país donde festejó: la sumó a San Diego, Arlington, Houston y Nueva Jersey. La
hoja de ruta de la selección lo llevó anoche a Seattle. Y un imaginario
recorrido hacia la final -Nueva Jersey, otra vez-, si la Argentina termina
primera en el Grupo D, le dará oportunidades de extender su dominio por Boston
y Houston. Messi está hambriento.
Y si algún temor quedaba por el dolor de esa espalda que se
había convertido en tema nacional tras el accidentado amistoso con Honduras en
San Juan y sus primeros días en estas tierras, se voló el viernes en la ciudad
de los vientos. La mala noticia para las demás selecciones es que no le quedan
secuelas de aquello. Nada raro sería verlo entrar a la cancha como titular
contra Bolivia pasado mañana, a pesar de que no haya demasiado en juego. Messi
está sano.
Porque al fin de cuentas, si el todo es más que la suma de
las partes, Messi no solo está enfocado, pleno, locuaz, obsesionado, hambriento
y sano: Messi está aristotélico.
Fuente Cancha Llena

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