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lunes, 6 de junio de 2016

Los desafíos de una Copa inoportuna - Por Diego Latorre




Por Diego Latorre



El carácter, en el más global de los conceptos, está en la base de todo, y es imprescindible para crecer, para subir de nivel. En los últimos años, después de varias decepciones, los jugadores que integran la actual generación de la selección argentina han sido estigmatizados. Se los ve triunfar de manera constante en sus equipos europeos, pero para los ojos del hincha pesan más sus derrotas acá que las copas levantadas allá. Entonces, se los cataloga como un grupo de perdedores con mucho dinero. Y no se tiene en cuenta su carácter.



En Europa se mira con curiosidad lo que ocurre con nuestra selección y más de uno pregunta cómo es que triunfadores como Messi, Higuaín, Agüero o Di María vuelven una y otra vez a jugar a la Argentina, un lugar donde se exponen a la crítica, el insulto, incluso al desprecio y la humillación. La respuesta, también en este punto, se esconde en el carácter, en el inconformismo y el deseo de revancha de unos futbolistas que perciben que el logro está muy cerca, y que en las ocasiones anteriores se les escapó por muy poco. Y en esta Copa América Centenario me da la impresión de que necesitarán más que nunca de ese carácter que ya demuestran sólo con el hecho (muy valiente) de seguir viniendo, de volver a intentarlo.



La Copa, destinada a celebrar los 100 años de una institución que hoy por hoy no tiene nada que festejar, llega en un momento muy inoportuno para nuestra selección. Reina la confusión en el fútbol argentino, los dirigentes se pelean por el poder, y me da la sensación de que se espera que los resultados del equipo sirvan como reivindicación contra todo el engranaje tóxico y perverso que se mueve alrededor. De entrada, no parece el entorno ideal para olvidarse de las urgencias históricas y centrarse exclusivamente en jugar bien.



El hincha, el periodismo, todos reclamamos un título. Si de eso se trata, las recetas pueden ser variadas. Pero si hablamos del juego, no cabría nada mejor que un ambiente pacífico que permitiese a los jugadores enfocarse en su objetivo, sin nada que los inquiete, angustie o bloquee. Justo lo contrario de lo que ocurre en estos días.



Es verdad que no será la primera vez que un equipo entre en una cancha en medio de crisis importantes. Abundan los ejemplos. Y también en esas condiciones es posible vencer. La existencia o percepción de enemigos externos es un elemento muy desafiante para un grupo, y a veces puede lograr un grado de unión interna y de conexión en el juego que es capaz de obviar el contorno para perseguir y hasta alcanzar las metas marcadas.



Ahora bien, esto tiene dos caras. Imaginemos una selección que no gane la Copa América: entonces se hablará del caos en la AFA como una de las principales razones de la derrota. Pero pensemos en lo contrario, en Messi levantando el trofeo. El discurso en ese caso se centrará en la unidad del conjunto y su capacidad para superar las adversidades, con el peligro cierto de que el éxito tape lo que sigue pasando detrás.



Los dirigentes, conocedores de este mecanismo, especulan y se aprovechan del mismo. Saben que cuando la pelota rueda enmascara todo lo que pueda pasar alrededor. Y hacen lo posible para que nunca deje de rodar. El hincha medio, en cambio, procesa los acontecimientos de otra manera. Concentra su interés en el escudo, en el hecho de que su equipo gane, y toma distancia del resto, que considera accesorio.



En medio de toda esta situación, la Argentina-equipo tiene una nueva ocasión de ir soldando cuestiones referidas al juego que siguen sin consolidarse. Pasó un año desde la anterior Copa América, y en el camino Gerardo Martino encontró algunas respuestas, como la aparición de Funes Mori como un central solvente, o la pareja Biglia-Mascherano (ahora rota por la lesión del jugador de la Lazio) para darle contención y estabilidad al medio. Pero le quedan otros varios aspectos por resolver.



Martino ha intentado darle un desarrollo de juego a la selección en cuyo libreto existe una promesa de ataque, pero su ejecución hasta ahora no tuvo la eficacia deseada. Y me preocupa que en esos casos no haya sido versátil para modificar el equipo cuando el partido lo pedía. Noto en el Tata cierto apego al dibujo táctico, como si el 4-3-3 debiera ser sagrado, y sería grave que creyera que la forma es el fondo. La táctica debe ser un instrumento del juego, y a veces, si el juego requiere un cambio de diseño para buscar soluciones, simplemente hay que tener flexibilidad y cambiarlo.



Del equipo de hace un año me había ilusionado mucho la sociedad que habían formado Pastore y Messi. La presencia del jugador del PSG evitaba que el capitán tuviera que retroceder en exceso para recibir y se adivinaba como el puente ideal para que la pelota le llegara en condiciones al 10. Pero cuando las cosas no salen bien el punto más frágil suele ser el talento, y en este caso se llamó Pastore, quien además tuvo varias lesiones esta temporada.



Su reemplazo es Banega, un jugador que ejerce más o menos la misma función que el ex Huracán, pero que hasta ahora no pudo sintonizar de manera adecuada con Messi. Y este punto, la relación del 10 con el resto del equipo vuelve a ser fundamental para determinar el destino de la Argentina en Estados Unidos.



No sabemos qué Messi afrontará la Copa. Uno lo imagina inmune a lo que pasa tanto en su plano personal como en el fútbol argentino en general, sin soslayar lo físico. Las personas que alcanzan un nivel de celebridad como el suyo suelen buscar el lugar donde se sienten felices y protegidos, que en su caso es la pelota y la cancha. Pero es imposible estar adentro suyo. Lo que sabemos es lo que vimos esta temporada: un Messi mucho más cerebral y estratego que nunca. Ya casi no aparecen esos eslaloms gambeteando 3 o 4 jugadores y en cambio son más frecuentes los pases que pueden desarmar a un equipo entero con un único toque.



La obligación de la selección será, entonces, entender y explotar esa nueva faceta del héroe. Messi necesitará compañeros que esperen la descarga tanto cerca como lejos, que sugieran pases a los espacios al estilo de Neymar o Jordi Alba en el Barcelona. Y habrá que ver si en el equipo de Martino aparecen los jugadores adecuados para aprovechar esas opciones.



Estas cuestiones relativas al juego en sí mismo, la desesperación por ganar y pagar las deudas pendientes -de las que este grupo ya se siente parte- y el entorno institucional adverso, son los enemigos que deberá superar la Argentina para quedarse con esta inoportuna Copa América Centenario. Por suerte, tiene jugadores con el carácter y el talento necesarios para conseguirlo.




Fuente Cancha Llena

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