Por Diego Latorre
El carácter, en el más global de los conceptos, está en la
base de todo, y es imprescindible para crecer, para subir de nivel. En los
últimos años, después de varias decepciones, los jugadores que integran la
actual generación de la selección argentina han sido estigmatizados. Se los ve
triunfar de manera constante en sus equipos europeos, pero para los ojos del
hincha pesan más sus derrotas acá que las copas levantadas allá. Entonces, se
los cataloga como un grupo de perdedores con mucho dinero. Y no se tiene en
cuenta su carácter.
En Europa se mira con curiosidad lo que ocurre con nuestra
selección y más de uno pregunta cómo es que triunfadores como Messi, Higuaín,
Agüero o Di María vuelven una y otra vez a jugar a la Argentina, un lugar donde
se exponen a la crítica, el insulto, incluso al desprecio y la humillación. La
respuesta, también en este punto, se esconde en el carácter, en el
inconformismo y el deseo de revancha de unos futbolistas que perciben que el
logro está muy cerca, y que en las ocasiones anteriores se les escapó por muy
poco. Y en esta Copa América Centenario me da la impresión de que necesitarán
más que nunca de ese carácter que ya demuestran sólo con el hecho (muy
valiente) de seguir viniendo, de volver a intentarlo.
La Copa, destinada a celebrar los 100 años de una
institución que hoy por hoy no tiene nada que festejar, llega en un momento muy
inoportuno para nuestra selección. Reina la confusión en el fútbol argentino,
los dirigentes se pelean por el poder, y me da la sensación de que se espera
que los resultados del equipo sirvan como reivindicación contra todo el
engranaje tóxico y perverso que se mueve alrededor. De entrada, no parece el
entorno ideal para olvidarse de las urgencias históricas y centrarse
exclusivamente en jugar bien.
El hincha, el periodismo, todos reclamamos un título. Si de
eso se trata, las recetas pueden ser variadas. Pero si hablamos del juego, no
cabría nada mejor que un ambiente pacífico que permitiese a los jugadores
enfocarse en su objetivo, sin nada que los inquiete, angustie o bloquee. Justo
lo contrario de lo que ocurre en estos días.
Es verdad que no será la primera vez que un equipo entre en
una cancha en medio de crisis importantes. Abundan los ejemplos. Y también en
esas condiciones es posible vencer. La existencia o percepción de enemigos
externos es un elemento muy desafiante para un grupo, y a veces puede lograr un
grado de unión interna y de conexión en el juego que es capaz de obviar el
contorno para perseguir y hasta alcanzar las metas marcadas.
Ahora bien, esto tiene dos caras. Imaginemos una selección
que no gane la Copa América: entonces se hablará del caos en la AFA como una de
las principales razones de la derrota. Pero pensemos en lo contrario, en Messi
levantando el trofeo. El discurso en ese caso se centrará en la unidad del
conjunto y su capacidad para superar las adversidades, con el peligro cierto de
que el éxito tape lo que sigue pasando detrás.
Los dirigentes, conocedores de este mecanismo, especulan y
se aprovechan del mismo. Saben que cuando la pelota rueda enmascara todo lo que
pueda pasar alrededor. Y hacen lo posible para que nunca deje de rodar. El
hincha medio, en cambio, procesa los acontecimientos de otra manera. Concentra
su interés en el escudo, en el hecho de que su equipo gane, y toma distancia
del resto, que considera accesorio.
En medio de toda esta situación, la Argentina-equipo tiene
una nueva ocasión de ir soldando cuestiones referidas al juego que siguen sin
consolidarse. Pasó un año desde la anterior Copa América, y en el camino Gerardo
Martino encontró algunas respuestas, como la aparición de Funes Mori como un
central solvente, o la pareja Biglia-Mascherano (ahora rota por la lesión del
jugador de la Lazio) para darle contención y estabilidad al medio. Pero le
quedan otros varios aspectos por resolver.
Martino ha intentado darle un desarrollo de juego a la
selección en cuyo libreto existe una promesa de ataque, pero su ejecución hasta
ahora no tuvo la eficacia deseada. Y me preocupa que en esos casos no haya sido
versátil para modificar el equipo cuando el partido lo pedía. Noto en el Tata
cierto apego al dibujo táctico, como si el 4-3-3 debiera ser sagrado, y sería
grave que creyera que la forma es el fondo. La táctica debe ser un instrumento
del juego, y a veces, si el juego requiere un cambio de diseño para buscar
soluciones, simplemente hay que tener flexibilidad y cambiarlo.
Del equipo de hace un año me había ilusionado mucho la
sociedad que habían formado Pastore y Messi. La presencia del jugador del PSG
evitaba que el capitán tuviera que retroceder en exceso para recibir y se
adivinaba como el puente ideal para que la pelota le llegara en condiciones al
10. Pero cuando las cosas no salen bien el punto más frágil suele ser el
talento, y en este caso se llamó Pastore, quien además tuvo varias lesiones
esta temporada.
Su reemplazo es Banega, un jugador que ejerce más o menos la
misma función que el ex Huracán, pero que hasta ahora no pudo sintonizar de
manera adecuada con Messi. Y este punto, la relación del 10 con el resto del
equipo vuelve a ser fundamental para determinar el destino de la Argentina en
Estados Unidos.
No sabemos qué Messi afrontará la Copa. Uno lo imagina
inmune a lo que pasa tanto en su plano personal como en el fútbol argentino en
general, sin soslayar lo físico. Las personas que alcanzan un nivel de
celebridad como el suyo suelen buscar el lugar donde se sienten felices y
protegidos, que en su caso es la pelota y la cancha. Pero es imposible estar
adentro suyo. Lo que sabemos es lo que vimos esta temporada: un Messi mucho más
cerebral y estratego que nunca. Ya casi no aparecen esos eslaloms gambeteando 3
o 4 jugadores y en cambio son más frecuentes los pases que pueden desarmar a un
equipo entero con un único toque.
La obligación de la selección será, entonces, entender y
explotar esa nueva faceta del héroe. Messi necesitará compañeros que esperen la
descarga tanto cerca como lejos, que sugieran pases a los espacios al estilo de
Neymar o Jordi Alba en el Barcelona. Y habrá que ver si en el equipo de Martino
aparecen los jugadores adecuados para aprovechar esas opciones.
Estas cuestiones relativas al juego en sí mismo, la
desesperación por ganar y pagar las deudas pendientes -de las que este grupo ya
se siente parte- y el entorno institucional adverso, son los enemigos que
deberá superar la Argentina para quedarse con esta inoportuna Copa América
Centenario. Por suerte, tiene jugadores con el carácter y el talento necesarios
para conseguirlo.
Fuente Cancha Llena

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