Por Eduardo Verona
La presencia deslumbrante de Messi en el 5-0 frente a Panamá
no puede ocultar algunas dudas y varias confusiones que reveló la Selección
nacional respecto a su funcionamiento. La idea futbolística de Argentina no
debería transitar por ambigüedades que debilitan rendimientos individuales y
recursos colectivos.
La media hora sensacional que protagonizó Lionel Messi en el
5-0 del pasado viernes frente a Panamá no debería tapar la pobre respuesta
colectiva de la Selección nacional durante 60 minutos. Porque en ese lapso jugó
decididamente mal Argentina.
Como es aceptado hasta por los negacionistas que cada
partido es una experiencia irrepetible, sería bueno que esa producción
deficitaria de la Selección hasta el ingreso de Messi no sea transferible a
ningún otro compromiso, más allá de las fortalezas o debilidades ajenas.
Lo preocupante para Gerardo Martino es que lo que él creía
que ya estaba instalado, en realidad no lo está. ¿A qué nos referimos? A la
bendita idea. A la idea para jugar al fútbol. A la idea que reivindica Martino
para sostener las pretensiones futbolísticas de la Selección.
Esa idea es el pressing arriba, la circulación de la pelota
y la elaboración sin urgencias de la jugada ofensiva. No es el bochazo largo a
dividir. No es la salida desde el fondo a los pelotazos. No es la búsqueda
desangelada para que los delanteros hagan lo que puedan en inferioridad
numérica recibiendo casi siempre de espaldas al arco adversario.
Todo eso junto no lo promueve el Tata Martino. Por lo menos
no lo dice públicamente. Sin embargo a veces, muchas más veces de lo que la
buena letra aconsejaría, los jugadores se despojan de la convicción que en
cualquier circunstancia y en cualquier escenario tendrían que ratificar y se
van para el lado de los tomates.
No es nueva esa especie de traición o claudicación
futbolera. Suele ocurrir en los clubes. Un entrenador llega a un club
interpretando una idea que se enfoca en el fútbol ofensivo y circular y el
plantel (como por ejemplo el plantel de Racing con Diego Cocca y el de San
Lorenzo con Pablo Guede), no tanto en palabras y sí en hechos que se expresan
en la cancha, va acomodando el juego a sus preferencias, desalentando la
postura inicial del técnico. Y cambiando el rumbo como ocurrió en Racing y en
San Lorenzo.
No queremos significar que a Martino el plantel de la
Selección por estas horas le está corriendo el arco. Y que la estrategia de los
jugadores sea modificarle el pensamiento apostando más al contraataque que al
ataque.
Pero hay que tener cuidado porque los jugadores no son los
santos inocentes. Miden y calibran a los entrenadores. Si les pueden imponer
condiciones tácticas, se las imponen. Queda en la personalidad de los técnicos
ver como resuelven estas cuestiones que no son superficiales. La Selección no
puede funcionar como funcionó los 60 minutos de arranque ante Panamá, que
incluso a un cuarto de hora del cierre del primer tiempo se quedó con uno menos
por la expulsión de Godoy.
Si frente a la debilidad estructural de Panamá, la Selección
hasta la aparición de Messi quemó su propio libreto, ¿qué podría esperarse ante
un rival más encumbrado, más dúctil y más potente? Así, como lo hizo la
Selección en largos pasajes, queda en claro que no se defiende ninguna idea.
Porque el desorden no es una idea. La confusión, menos. Un
equipo convencido no se desordena ni se confunde. Puede perder como puede
perder cualquiera. Y puede tener un rendimiento discreto porque el adversario
lo supera. Pero una cosa muy distinta es hacer lo que sabe que no tiene que
hacer. Como dividir la pelota y sacarla fuerte y lejos hacia adelante. Eso es
no entender.
Y eso es un síntoma que Martino deberá atender. Porque
obedece a cierta flexibilidad estratégica que el ambiente del fútbol argentino
le viene reclamando a la Selección.
¿Cómo se manifestaría esa
flexibilidad? A veces controlando los partidos a favor de la posesión de la
pelota, que es lo que pretende Martino. Y a veces resignar la iniciativa, robar
una pelota en el medio o en tres cuartos y apostar al contragolpe.
Esa "flexibilidad inteligente" que algunos
sectores reivindican, en realidad lo único que revela es muy poca inteligencia.
Es ambigüedad. Es duda. Y las ambigüedades y las dudas suelen ser muy
peligrosas y hasta fatales en el fútbol. La Selección no tiene que ponerse en
los dos lados del mostrador. Los grandes equipos y selecciones abrazan una
idea. Después están los matices. Los contenidos. Pero dentro de una idea.
Es el desafió que la Selección también tiene por delante.
Realizarse y conquistar la Copa América Centenario jugando en función de lo que
declaran los jugadores y Martino. Y de lo que sostienen cuando juegan
bien.
Fuente Diario Popular



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