Por Pablo Vignone
Foto: Reuters
El debate se instaló entre los partidarios de la tecnología
y los defensores del folklore. Entre quienes defienden el uso de los adelantos
técnicos para eliminar los errores en las decisiones arbitrales y los que se
aferran a esa tradición que atribuye a las equivocaciones un rol esencial en el
atractivo del juego. Todos parecen tener argumentos decisivos.
A Gerardo Martino le resulta simpática la idea de la
adopción; a su colega Juan Pizzi, en cambio, parece repugnarle la posibilidad.
Dunga lo reclamó tras la penosa eliminación de Brasil; pobre, estaba tan
mareado que no tuvo en cuenta que, de haberse aplicado con tino el artilugio,
su equipo habría perdido con Ecuador y a Perú le habrían dado el claro penal
del primer tiempo.
La tecnología está ya ampliamente difundida en el fútbol; el
arbitraje es uno de los pocos ámbitos en el que se encuentra vedada. Desde las
selecciones más poderosas a los conjuntos más modestos, todos buscan aplican
soluciones, en la preparación o en el juego, que derivan de una aproximación
científica al deporte. Tarjeta roja para la hipocresía. La tecnología es
omnipresente; pero además creemos que es infalible. Para fallar ya tenemos a
los árbitros.
En determinadas circunstancias, como la que disparó la mano
de Ruidíaz, el reglamento y la justicia son antagónicos. Si se aplica la norma,
se comete una injusticia. Para no cometerla, hay que transgredir la regla. Esa
es la verdadera tragedia: la transformación de una trampa en jugada válida.
Reglamentaria.
Como Diego en el 86, como Tulio en el 95, Ruidíaz gambeteó
la regla y colocó al árbitro Cunha en esa encerrona, en la que la ley se opone
a la justicia; la manipulación dejó a Brasil fuera de la Copa América pero
-contra los que celebraban la eliminación- el sentido justo del juego reclamaba
a gritos un empate en los diez minutos finales del partido.
Ese es el auténtico trago amargo: comprender que, para ser
tan popular, el fútbol debe volverse, cada tanto, tan injusto.
Fuente Cancha Llena

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