El astro produjo el contagio en el estadio, que vibró al
compás de su talento y fue testigo de su récord: haber igualado a Gabriel
Batistuta como máximo goleador del seleccionado
Por Guido Molteni
Foto: Aníbal Greco
FOXBOROUGH, Estados Unidos.- Messi , Messi, Messi. Ni la
Argentina, ni Venezuela, Messi. Ni los goles de Gonzalo Higuaín ni las atajadas
de Sergio Romero, Messi. Lo que se venía sintiendo en cada participación del
equipo de Gerardo Martino en la Copa América de Estados Unidos ayer se
profundizó. No importó que hayan sido los cuartos de final ni que haya estado
en juego la continuidad de la selección en la competencia. Alcanzaron los
primeros tres minutos del partido para darse cuenta que las más de cincuenta
mil personas que colmaron el estadio no fueron ni por la Argentina, ni por
Venezuela. Fueron por Messi.
Cuarenta segundos y el grito empieza en una tribuna que
contagia a todas. "Messi, Messi, Messi". Vuelve el silencio y sigue
el juego. Un minuto y veinte segundos, otra vez: "Messi, Messi,
Messi". Tres minutos y Leo pisa el área venezolana, en un giro deja en el
camino a tres defensores y define en una jugada que roza el palo de Dani
Hernández. De nuevo, el estadio completo corea su nombre. El tamaño mundial de
sus 170 centímetros se hace carne en el contacto con la gente. Los récords que
rompe cobran vida cuando un chico estadounidense que podría soñar con jugar el
Superbowl llora de la emoción porque lo tiene cerca. El efecto Messi es una ola
que no salpica, inunda.
La causa que provoca el fenómeno se desnudó a los 7 minutos,
con su pase mágico a Higuaín. No importaron las patadas que recibió, ni el
gesto de dolor cuando más tarde cayó sobre la pelota y se tomó su panza
lastimada. Ahí estaban los guardianes de Messi, que apenas lo vieron en el piso
corearon lo de siempre hasta que se levantó. Su gol, el tercero del partido, el
54 con la selección, llegó con la misma naturalidad con la que hace un pique o
da un pase. Para la historia fue con el alcanzó el récord de Batistuta. Para él
fue uno más.
Ni los balones de oro ni los récords con la selección le
importan a Messi, que ayer jugó el primer tiempo en su versión juvenil de
Barcelona, de extremo derecho, y cerró el segundo tiempo libre por toda la
cancha. Leo vino a Estados Unidos a romper con el estigma de los 23 años sin
títulos, a sacarse la mochila de las dos finales perdidas. Nada le importa más
que eso.
El abrazo sereno con sus compañeros en la mitad de cancha,
la charla que tuvo apenas terminó el partido con Feltscher, el rival al que
volvió loco, las declaraciones sencillas, su andar tranquilo por la zona mixta.
Todo forma parte de su personalidad. Leo camina como vive, habla como vive,
corre como vive. Y vive como juega.
Fuente Cancha Llena

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