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viernes, 29 de diciembre de 2017

La columna de Román - Carta a un capitán


Por Román Failache


Días como los de hoy son los que no quiero vivir nunca. En los que me encantaría ser el más egoísta del planeta y cerrar el Aeropuerto de Ezeiza, ponerle una traba a la puerta de Villa Domínico. Olvidarme que, más allá del deporte, hay una cuestión humana de fondo que es lo que hace que la pelota finalmente ruede, y hacerme bien el gil con tus aspiraciones personales. En días como los de hoy quiero tapar el sol con las manos y pretender que todo sigue igual. Porque capitanes como vos no son precisamente aquellos que abundan.

En días como hoy me acuerdo de tu llegada al club como si el tiempo no hubiera pasado. Aducías, en tus primeros partidos, que no te encontrabas en tu mejor forma, aún siendo uno de los más destacados, y prometías que Independiente se daría cuenta de lo que eras capaz con el correr de algunos encuentros. Siempre con perfil bajo, rodeado de caciques dentro de un equipo mezquino. Empezaste a erigir tu leyenda para terminar siendo un emblema, el único que quedó de una camada prácticamente olvidada.

Algo habían visto en vos.

Son en los días como los de hoy, también, donde repaso el porqué de tu capitanía. Basta hablarte dos palabras para darse cuenta que te salís de la media y que tenés una mentalidad ganadora. Aquella charla en la que aseguraste que querías “hacer resurgir a Independiente e inculcarle a los más chicos en dónde están jugando”.

Todo lo viste con los ojos de quien buscó autosuperarse constantemente y quien siempre pensó primero en el club antes que en obtener un rédito propio. Fuiste el que tuvo un ofertón para irse en junio con la potestad en tus manos de dejar al equipo rengo, pero prometiste quedarte para ganar la Copa y emigrar en diciembre.

Un líder innato que predicó con el ejemplo a cada paso que dio.

Es inevitable no recordar tu sacrificio. Esa lascivia que sentiste por ganar, por ir al frente y sacar fuerzas de lo más recóndito para salir adelante. Las pírricas noches, como la última en el Libertadores, donde te vimos arriesgándote con cuerpo y alma para salvar lo que era un gol seguro de ese brasileño; el empuje en el 2-1 contra Huracán; el partidazo que jugaste con Lanús con un final ingrato en el 1-1, y las tantas otras que ahora no se me vienen a la memoria porque fueron muchas. El corazón como factor determinante a la hora de tomar decisiones. Vestiste como pocos la camiseta de Independiente, lo supiste hacer desde el primer día y por eso el club te va a añorar y estar eternamente agradecido.


Las despedidas son esos dolores dulces, dicen. Días como los de hoy son los que no quiero vivir nunca, pero la otra parte de mí te sabe entender las pretensiones. En un fútbol distinto, con una calidad de vida distinta, con un sueldo distinto y con muchas más oportunidades. Ojalá te miren los que hoy no y te den la chance de jugar el Mundial de Rusia; nadie más lo tiene tan merecido en tu lugar. Estoy casi convencido de que futbolísticamente tu puesto acá, en Avellaneda, va a estar bien cubierto, mientras nos aferramos a la búsqueda de otro capitán.

Vos, por lo pronto, quedate tranquilo que algo es seguro: la 3, limpita, con la estampa de Nicolás Tagliafico y la cinta de tu brazo izquierdo, las dejamos guardadas en algún placard rojo de esos que hay en Bochini y Alsina para que las vuelvas a reclamar cuando quieras.



Fuente Orgullo Rojo

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