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martes, 26 de marzo de 2019

Opinión: Messi, lejos del sueño - Por Eduardo Verona




Por Eduardo Verona

Los sonidos del silencio que acompañaron a Messi antes y después de su regreso frente a Venezuela, de alguna manera reflejan otros silencios futbolísticos que atacan a una Selección que el astro del Barça tampoco puede rescatar.

Vino y volvió a su lugar en el mundo que es Cataluña. Casi en puntas de pie. Sin declaraciones. Sin respuestas. Sin opinión. Lionel Messi regresó a la Selección en la desangelada noche madrileña frente a Venezuela y la abandonó después de la durísima derrota acusando una lesión en el pubis que ya anticipaba problemas.

Nunca antes tanto silencio rodeó a la presencia de Messi con la camiseta argentina. Ese mismo silencio sin relieves pareció acompañarlo durante el partido. Casi como un testimonio no deseado de la impotencia que trascendió largamente al astro del Barça, que logró lo que es muy difícil de conquistar: no transmitir algo en particular. Ni bronca, ni fastidio, ni enojo con los rivales, con los compañeros o con él mismo. Nada, en sintonía con lo que dejó el equipo y con la imagen claudicante del entrenador Lionel Scaloni.

Messi no podía cambiar con su inspiración esa cáscara vacía que es la Selección.

¿Para qué volvió entonces? ¿Por presiones de los sponsors como algunos especularon o por algunas cuestiones que nadie puede precisar?

Lo real es que expresó en la cancha lo que puede expresar Messi en estas circunstancias. El aire de desamparo futbolístico que lo mostró como una especie de llanero solitario sin provisiones en una pradera tapizada de enemigos, no desentonó en relación al nivel mediocre y por largos pasajes ausente que reveló en el último Mundial.

Esperar que Messi la rompiera y generara un nuevo despertar en el equipo que hasta ahora conduce el vapuleado Scaloni, formaba parte del voluntarismo. Messi siempre fue un extraordinario jugador muy dependiente del funcionamiento. Así se desarrolló en el Barcelona. Así fue creciendo. Así brilló hasta ser comparado con Pelé y Maradona.

El Barça casi nunca dejó de ofrecerle un funcionamiento impecable, salvo en algunos episodios que no marcaron tendencia. Porque el Barça podrá jugar mejor o peor, pero dentro de una línea, un estilo y por supuesto un funcionamiento. Este formidable respaldo colectivo y estructural le permitió a Messi solo ocuparse de la creación ofensiva. Todo el resto, estaba construido. Y Messi voló.

En la Selección el último técnico que elaboró algo que vale la pena rescatar fue Gerardo Martino. Es cierto, Messi con Martino no descolló, pero se advertía que se encontraba más contenido. No pleno, porque pleno en la Selección no estuvo nunca, pero por lo menos sostenido por una idea que por momentos pudo plasmarse, aunque no coronó ni con la Copa América de 2015 en Chile ni 2016 en Estados Unidos.

Las distintas frustraciones que viene acumulando Messi en la Selección lo fueron acercando a una probable despedida. Lo valorable es que no se entregó. No dijo hasta aquí llegué como podía presumirse luego del cambalache que fue Argentina en Rusia 2018. Sin crédito popular, Messi, sin embargo, prefiere continuar jugando en la Selección. Buscando lo que al borde de los 32 años (los cumple el próximo 24 de junio) todavía no encontró. Y quizás ese sueño no lo encuentre.

Esta perseverancia que delata su conducta deja visible su insatisfacción no resuelta con todo lo que ganó en el Barcelona. Le falta cerrar el círculo virtuoso con Argentina. Esta deuda lo persigue, aunque no lo manifieste en palabras. La dimensión existencial de la deuda interna es la que lo empuja a regresar después de varias etapas donde es factible que lo hayan asaltado las contradicciones.

Y cuando vuelve, como ocurrió ante Venezuela, lo hace sin tener a la vista algo a que aferrarse. Ese algo debería ser cierto funcionamiento que la Selección no registra. Porque ni el inicio de la obra está garantizado. Y Messi no puede hacerse cargo de responsabilidades que lo superan. Porque él, además, tiene muy baja tolerancia a la adversidad. No juega bien el equipo y no juega bien Messi. Se cae el equipo y se cae Messi. No vamos a descubrir a esta altura que por encima de su condición de jugador excepcional, no lo visitan los duendes de la épica. No tiene épica Messi como para sobreponerse a todos los contratiempos y elevarse hasta la cumbre.

En este punto, Messi no es un elegido. Es un elegido en juego, en recursos, en imaginación y creatividad ofensiva, pero no en el plano de las respuestas integrales que solo pueden brindar los hombres inalcanzables.

Es muy valiosa su obstinación y búsqueda incesante de la gloria con la camiseta nacional. Pero si no está el equipo en funciones (y hoy claramente no está), él no puede expresar la vanguardia del crecimiento. Porque no forma parte de su naturaleza, alejada por completo de los liderazgos. En Barcelona los líderes siempre fueron otros. Con ese escenario por delante, Messi enriqueció todo.

Acá, en la Selección, el Flaco Menotti pedía que Messi se incorporara cuando la mesa más o menos estuviera servida. No ocurrió. La mesa estaba desnuda. Y Messi volvió a pagar la cuenta.


Fuente Diario Popular

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