Nota publicada en la edición agosto 2011 de la Revista El Gráfico
Creerse lo que uno no es, resulta un pecado capital en el
mundo del deporte. A la Selección le viene sucediendo hace un largo rato. Y las
consecuencias están a la vista. Apartarse de ese camino fue responsabilidad de
la dirigencia, pero también de varios protagonistas.
No somos los mejores del mundo. La Selección no obtiene un
título desde hace 18 años. No da la vuelta olímpica en un Mundial desde 1986.
No llega a la final desde 1990. No pasa de los cuartos de final desde aquel
torneo de Italia. Soportó el cachetazo hiriente de quedarse afuera en la
primera ronda de Corea-Japón 2002. Se volvió del 2010 con una oprobiosa goleada
ante Alemania. Ya se ubica en el décimo puesto del ranking de la FIFA –y
descendiendo…- y peligra su habitual status de cabeza de serie para la Copa de
2014, siempre y cuando clasifique…
No somos defensores ejemplares de los proyectos y de los
ciclos de trabajo, como ocurría hasta no hace tanto. Desde 1974 hasta 2004, la
Selección tuvo cinco técnicos en treinta años, ganó dos títulos y arribó a una
final, recorrió un camino de seriedad y ambición, generó una sana envidia en el
ambiente futbolero regional. Desde 2004 hasta 2011, Argentina empleó a cuatro
técnicos en siete temporadas, cambió de estilos sin sonrojarse, dilapidó la
valía de una generación de jugadores y comenzó a ensayar una parábola
fantasmagórica, que amenaza con depositarnos en el lúgubre escenario anterior a
1974, cuando reinaban el caos y el desconcierto, cuando los jugadores preferían
no ser convocados para vestir la camiseta celeste y blanca porque eso les
serruchaba el prestigio.
No somos respetuosos de los contratos. Se borra con el codo
lo que se firmó con la mano. Se eyecta a los profesionales de sus cargos como
si hubieran sido nominados por la Divina Providencia. Se desestiman por
insolventes aquellas ideas que se defendieron como fundacionales en el
mismísimo instante de ungir a quienes las propusieron. El cargo de entrenador
nacional queda desprotegido e indefenso, minado de credibilidad, bastardeado
desde diferentes flancos, azotado como una hojita en medio de un temporal.
No somos el semillero del planeta. Mendigamos un arquero
confiable desde hace tres décadas. Conseguir laterales con el doble oficio de
marca y proyección es una aventura más incierta que atravesar un desierto sin
cantimplora. Marcadores centrales como el Ratón Ayala ya son candidatos a un
monumento, de tanto que se extrañan sus prestaciones dentro y fuera del campo.
A los volantes con presencia por los laterales solo los detectamos en el
imaginario de la PlayStation… Apenas si contamos con un puñado de delanteros de
elite y también con el mejor jugador del mundo, aunque los boicoteamos al
apoyarlos sobre una estructura de vigas crujientes, donde el estilo y la
identidad se han diluido con una celeridad alarmante.
FRACASO. El resultado en la Copa América se resume en la desazón de
Messi.
No somos leales ni solidarios. Cuando la mano viene
cambiada, cuando entra agua por la proa y se necesitan brazos para evitar el
hundimiento, saltamos del barco antes que nadie, ensuciamos gratuitamente,
ponemos la culpa en el otro, aunque ese otro nos haya tendido una mano. Carlos
Tevez es un caso testigo. Al verse fuera del proyecto de Batista para la Copa
América, el Apache utilizó los medios para proclamar su intención de estar. Se
valió del cariño que le profesa la gente para enturbiarle la existencia al
entrenador, silbado en cada estadio por no convocar al Jugador del Pueblo.
Acudió hasta a la influencia del propio presidente de la AFA para que lo
incluyeran con fórceps en la lista final.
Una vez en la cancha, donde se cocina la verdad, su
prestación fue escuálida, incluso sin exhibir los espasmos temperamentales que
tanto conquistan al hincha. ¿Y entonces qué hizo? Salió por los medios a
criticar a la cabeza del grupo, al técnico que se tragó el sapo contra su
voluntad. Pasó de estar dispuesto a jugar de lo que fuera, a exigir que se lo
juzgara por la función que no se le asignó. Otro caso testigo es Julio
Grondona. Comenzó a soltarle la mano a Batista cuando la indescifrable
Selección Sub 25 trastabilló en los amistosos con Nigeria y Polonia. “Estos
amistosos los pide Batista, no son para juntar plata. No se puede rifar así el
prestigio de la Selección”, castigó al Checho, como si él no hubiera tenido
responsabilidad en la aprobación de esos amistosos.
No somos consecuentes con nuestras convicciones. Batista,
primero que nadie. De tan contradictorias, algunas decisiones finales detonaron
el recuerdo de la repetida frase de Groucho Marx: “Tengo mis convicciones, pero
si no les gusta… ¡tengo otras!”. Tevez no entraba en el proyecto, pero entró de
titular. Su nueve era Messi, pero fue Higuain. Banega era innegociable, pero lo
dinamitó al segundo partido. Trabajó seis meses con Rojo como lateral
izquierdo, pero lo desmaterializó en 45 minutos. Proclamó la intención de
trabajar con jóvenes con la mira en el 2014, pero armó una defensa con tres
integrantes mayores de 30…
No somos dueños de un estilo. Lo tuvimos en una ráfaga
angelada, hasta que lo dejamos escurrir entre los dedos. Lo disfrutamos cuando
Pekerman y su equipo diseñaron una estrategia de docencia que puso primera en
Qatar 95 y chocó contra la pared que los dirigentes, insólitamente y en nombre
de vaya uno a saber qué, le cruzaron luego del Mundial 2006. Hoy el estilo es
una utopía, un bosquejo de dibujo animado. Hasta el descabezamiento de Batista,
la Selección mayor jugaba con una legión de “bajitos”, anhelaba índices de
posesión similares al Maldito Barcelona, apostaba a la pausa y al ritmo
cadencioso, le ponía fichas al desequilibrio genial de Messi. La Sub 20 de
Perazzo está poblada de jugadores altos y ensaya una búsqueda más vertical. La
Sub 17 de Garré mostró un estilo incalificable en el Mundial de México y perdió
tres partidos de cuatro, ganándole solo a Jamaica. Y la Sub 15 de Lemme parece
que defiende con línea de tres…
No somos capaces de capitalizar la historia. La bendita
Generación 86 desbarrancó por una conjura de egoísmos personales, odios
cruzados e inoperancia devastadora. Aunque en tiempos de inestabilidad, les
llegó la oportunidad que reclamaban y la realidad los atropelló con la fuerza
de sus limitaciones. ¿Para eso pedían cancha? ¿Ni en nombre de la leyenda que
supieron construir fueron capaces de armonizar ideas y ejecutarlas en conjunto?
No somos los mejores del mundo, ni defensores ejemplares de
los proyectos y de los ciclos de trabajo, ni respetuosos de los contratos, ni
el semillero del planeta, ni leales ni solidarios, ni consecuentes con nuestras
convicciones, ni dueños de un estilo, ni capaces de capitalizar la historia. En
fin… No somos nada.
Por Elias Perugino
[1] Encabeza España (1871 puntos), seguido por Holanda
(1661), Alemania (1417), Inglaterra (1146), Brasil (1130), Italia (1059),
Portugal (1046), Croacia (1033), México (1007) y Argentina (979).
[2] 1974-82: César Luis Menotti. 1982-90: Carlos Bilardo.
1990-94: Alfio Basile. 1994-98: Daniel Passarella. 1998-2004: Marcelo Bielsa.
[3] 2004-06: José Pekerman. 2006-08: Alfio Basile. 2008-10:
Diego Maradona. 2010-11: Sergio Batista.
[4] Con Checho Batista se llegó al colmo. Lo despidieron de
su cargo a los dos meses de haber firmado el contrato.
[5] “No soy once, quiero que se me juzgue como nueve”, dijo
Carlitos al ser excluido del equipo titular. Antes había dicho que, con tal de
estar en la Selección, jugaba “hasta de arquero”.
[6] En Abuja, Nigeria goleó por 4-1 a Argentina, mientras
que Polonia venció 2-1 en Varsovia. Mussacchio, Ansaldi, Fazio y Perotti, entre
otros, conformaron el plantel.
[7] La relación entre Maradona, Batista, Bilardo, Ruggeri y
Brown, entre otros, navegó en conflictos permanentes durante los últimos dos
años, ya sea por confrontaciones directas o veladas.
Fuente El Gráfico

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