Nota publicada en la edición de septiembre de 2013 de El
Gráfico
Por Eduardo Sacheri
Mucho se ha escrito y discutido acerca del paralelo que
puede establecerse –o no– entre el modo de jugar al fútbol y el modo de ser de
las personas. “Se juega como se vive”, afirma el axioma. Más de una vez me
cruzo con gente que me pregunta al respecto. O peor, gente que sostiene, sin
más, esa afirmación, contando desde el vamos con que yo voy a estar de acuerdo.
Y yo, en realidad, como me sucede en tantas otras cosas, no estoy en absoluto
seguro de la respuesta. Sinceramente, no sé.
Para empezar: ¿Cómo operaría la traducción entre las
virtudes futboleras y los valores morales? ¡No lo sé! ¿Acaso deja traslucir
alguna pista, sobre la personalidad de un ser humano, el hecho de que le pegue
bien de media distancia, o que sea muy torpe para salir jugando desde atrás, o
que sea bueno corriendo bien pegado a la raya? Creo que no.
Tal vez los emparejamientos haya que buscarlos por el lado
de los modos de jugar, y no por el de las virtudes técnicas. Hurgar por el lado
del carácter que el jugador pone de manifiesto. En esa línea argumental, el
deportista sanguíneo sea, tal vez, fuera de su deporte, una persona apasionada.
Y el que recorre cansino su sector de la cancha se manifieste, en su vida
civil, como un fulano que se queda en medias tintas. Y el que se la pasa
gritando y ordenando a sus compañeros sea, los otros días de la semana, un
perfeccionista al que le cuesta aceptar la mediocridad de sus congéneres. No sé
si todo esto es cierto, pero creo que todos los futboleros elaboramos hipótesis
que nos inclinan a pensar que sí.
Y en este camino, hay tres o cuatro actitudes futboleras
que, dentro de la cancha, me sacan de quicio. Y me desaniman de entablar una
amistad, fuera de la cancha, con quienes se conducen de ese modo. Tenga en
cuenta el lector que no estoy hablando del fútbol profesional, ni del fútbol
semiprofesional. Hablo del fútbol que jugamos casi todos los que jugamos al
fútbol. El fútbol amateur, cimarrón, improvisado. El fútbol por nada, es decir,
el fútbol en serio. Como dirían algunos viejos de mi barrio “Ahí es donde se
ven los pingos”. Porque no hay guita, no hay fama, no hay flashes, no hay
apellidos. Hay nada más que fútbol.
Y en ese fútbol, una raza que detesto es la de los “señores
jueces”. Estoy hablando –ya lo apunté– del fútbol de entre casa. En ese fútbol
no existen los árbitros, y las decisiones acerca del juego descansan en la
escrupulosa caballerosidad de cumplir el reglamento, nos convenga o no nos
convenga. Hay tipos que, en eso, son absolutamente confiables. Pero hay otros
–a los que detesto– que cobran absolutamente todo a favor de ellos mismos. No
los perturba quedar como chiquilines. No los inquieta que los demás se los
quieran comer crudos. No. Estos fulanos, amos de la inmadurez, resuelven cada
decisión polémica con un “es para mí”. Y da igual que sea un lateral anodino o
un tiro libre en la medialuna. No tienen límite, son capaces de hacharte con un
guadañazo salvaje a la altura de las costillas dentro del área chica y, a
continuación, alzar las manos, poner cara de monaguillos y gritar “No lo toqué”,
mientras se limpian la sangre del botín.
Otro grupúsculo execrable: el de los “perpetuos inocentes”.
No confundamos con los delincuentes del párrafo anterior. Estos van por otro
lado. Los perpetuos inocentes nunca, jamás, por nada del mundo, se hacen cargo
de las macanas que se mandan. Parafraseando la canción del Nano Serrat: “la
culpa es del otro cuando algo les sale mal”. Ejemplo: el inocente serial
intenta despejar desde su área y patea el balón a treinta centímetros de altura
directamente hacia delante, por el centro del campo de juego. Tuvo tiempo. Pudo
levantar la cabeza. Pudo pensar en la vieja y respetable verdad futbolera de
que hay que despejar hacia los costados. Pero no lo hizo, y naturalmente les
sirvió la pelota a los contrarios, que se limpiaron la comisura de los labios
mientras se disponían a facturar. Otro ejemplo: el perpetuo inocente decidió
encargarse de un saque lateral, la maniobra más sencilla dentro de un deporte
en el que todo lo demás es mucho más difícil, porque se hace con los pies. Y
contraviniendo todas las normas de la lógica, se la pone en el pecho o en el
pie o en la cabeza a un contrario, que se la lleva tan campante. Último
ejemplo: el inocente absoluto tiene la pelota en sus pies, y cuenta con cinco
compañeros abiertos en abanico dispuestos a recibir, libres de marca, que se la
están pidiendo. Pero decide, en cambio, dividirla con un pase espantoso
dirigido al único compañero que está semioculto entre tres marcadores rivales.
En cualquiera de estos tres ejemplos los compañeros del inútil habrán de
increparlo a viva voz, como corresponde. Y el inocente se autoindultará con
explicaciones inadmisibles, que irán desde el “me picó mal”, pasando por el
“vos te corriste justo” hasta el “qué querés, si nadie se muestra”. Y mientras
sacamos la pelota del fondo de la red (que es así como terminan las aventuras
de esta gente) nos preguntamos: ¿Qué le cuesta a este fulano decir simplemente
“perdón”, y alzar la mano, asumiendo la macana que se mandó? Esa sola palabra
alcanza, porque significa “lo siento, soy una yegua, me equivoqué, no pensé,
les pido disculpas”. Eso sería todo, porque en el fondo todos los que jugamos
ahí somos un desastre. Por eso jugamos ahí, en lugar de en la Premier League.
¡Pero hacete cargo!
Un tercer conjunto de seres despreciables: los “mala leche”.
Esos se lucen, especialmente, en los “campeonatos”, esos torneos amateurs donde
se juega con árbitros, por puntos, y cosas así. Hay tipos que se lo toman
demasiado en serio, y deciden copiar lo peor de las mañas del fútbol
profesional. Con el agravante de que los árbitros de esos torneos suelen ser
peores que los de Primera División (miren la enormidad que estoy diciendo). Es
decir, y como diría mi madre, no son capaces de ver dos en un burro. Y mucho
menos, de ver a ese turro que te deja la planchita preparada para darte en el
tobillo en una pelota intrascendente en el mediocampo. O al malparido que te
toca en el aire cuando saltás en un córner para que caigas con la nuca, o al
delincuente que te pone el codo en los dientes cuando corrés apareado por una
pelota dividida. También existen en el fútbol sin árbitros, donde se sienten
tigres sueltos en rebaños de mansas ovejas indefensas. Uno puede decirles,
mientras intenta detener el sangrado de la nariz o se palpa las costillas para
comprobar si hay fisuras: “Tranquilizate, que el lunes hay que laburar”. Pero
es inútil. Les provoca un placer enorme sentirse chicos malos y sanguinarios.
Esta columna está prolongándose demasiado y debo ir
concluyendo. Pero no me quiero despedir sin aludir a dos grupitos igual de
aborrecibles. Empiezo por el de “los actores”. Despliegan su oficio en esos
torneos de morondanga a los que me refería recién. Porque requieren la
presencia de esos árbitros que son un poco peores que los de Primera. Les sacás
la pelota limpiamente, pero se derrumban con los brazos en cruz, un alarido que
les explota en la garganta, la expresión de mártires. Y los árbitros,
mansamente, cobran para ellos y hasta te amonestan. ¿Qué hacer con tipos así?
Hay un único expediente posible. Aunque uno sea una persona de bien, con
tendencia a la misantropía. La única solución es, en la próxima pelota en la
que el azar los ponga frente a frente, darle motivos, al aprendiz de Alfredo
Alcón, para expresar abierta y flagrantemente su dolor. Pero ahora, con motivos
válidos. Eso puede acarrear que nos expulsen. Pero bueno, uno no es de fierro,
a fin de cuentas.
Y por último, los “morfones”. Esos tipos que están
convencidos de que Dios los ama y, por lo tanto, ha puesto a diez infelices a
correr por el verde césped con el único objeto de pasarles la pelota para que
ellos disfruten y hagan nacer las maravillas. Jamás te van a devolver un pase.
Nunca van a levantar la cabeza para ver que estás desmarcado. Siempre van a
enganchar ellos. Siempre van a patear aunque carezcan de ángulo, aunque
carezcan de espacio, aunque carezcan de chances. Que de lo único que nunca
carecen los morfones es de autoestima. Con el agregado de que no defienden
jamás en la vida. ¿Ayudar? ¿Quedarse para un relevo? ¿Tomar alguna marca?
¡Jamás! Que ese es trabajo para mortales, y no para semidioses como ellos.
Los morfones se dividen, a su vez, en dos grupos: los que
son buenos jugadores y los que no. Los primeros son insoportables, porque,
encima, de vez en cuando hacen algo útil para el equipo (no lo hacen para eso,
pero lo hacen, al menos como una consecuencia secundaria de su lucimiento),
vuelven a su sitio con carita de “sí, sí, agradézcanme haber nacido”. Pero los
segundos… Dios mío, los segundos. Esos están más allá de toda comprensión
humana y, si hay Dios, espero que les tenga reservado el último de los círculos
del infierno.
Mejor termino acá, porque hablar de gente así me pone
nervioso. “Cobradores” indignos, inocentes incurables, violentos orgullosos de
serlo, farsantes desvergonzados, egoístas empedernidos. Uno los ve dentro del
campo de juego. Y si se los cruza por la calle… creo que sí: creo que lo mejor
que uno puede hacer es cruzarse de vereda.
Fuente El Gráfico

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