Ilustró rrrojo
Otro café,
Veinte catorce me tuvo alejado, pero el pendejo 2015 me desafía.
Mis cariños
impensados y gracias al Rojo me impulsan.
Mis
Hermanos elegidos me apoyan.
Piso el
palito.
Y entro.
Veo el cuadrito del Bocha derecho y de él se encarga mi Hermanita.
Escribir es
como hablar pero lo que digas queda grabado para siempre. No podés volver
atrás. Salvo que asumas haber estado equivocado.
Podés
escribir boludeces, y algunos boludos coincidirán contigo.
Pero ese no
es tu fin, y querés hacer una buena crítica.
Para que allí
algunos boludos también discrepen contigo.
Ante la
alternativa piensas. Revuelves tu café y miras hacia afuera.
Donde
todavía Vos ves ese pedacito de empedrado que brilla con la lluvia de hoy
viernes.
Y te
acordás de algo y llamás a tu AMIGOELMOZO, que es tu psiquiatra de
pretemporada.
Y por lo
bajo le preguntás ¿Tenés una empanada?
El mosaico
te mira como si le hubieras confesado que sos trolo al ver que te falta el faso en la mano, pero se recupera y
balbuceando te dice que tiene empanadas, pero vienen con Historia y son más
caras.
Allí te
salta el periodista. Puede haber nota. Puede existir algo que te diferencie del
resto, y en la llanura te destaque.
Podés ser el mismo pero diferente.
Una
incongruencia que no se observa a tiempo a la hora de escribir.
Vos
insistís. Y le preguntás porqué son más caras. Y te reitera “Porque vienen con Historia”
Tu curiosidad
puede más y le pedís una.
Y te repregunta ¿De dónde?
Allí te dan
ganas de decirle una barbaridad.
Pero te
acordás del mismo mozo hincha del Taladro que te consoló cuando perdiste esa
final con los tanos.
Le decís
una de carne cortada a cuchillo de donde sea y respetuosamente piensa que no entendiste,
pero te la trae en su bandeja acompañada de una hoja.
Rompés el
repulgue en la punta para que se enfríe.
Y comenzás
a leer la hoja que acompañaba esa empanada.
Te
sorprendés al avanzar.
Anécdotas de nuestra historia...Como título
La empanada, esa
comida típica de los argentinos, es mucho más que relleno envuelto en una masa.
Desde tiempos
ancestrales, acompañó nuestra historia y ha sabido forjar y mantener
regionalismos que la vuelven única y diversa al mismo tiempo.
El Almuerzo estaba
servido bajo unos galpones. Domingo Faustino Sarmiento pidió a sus asistentes
que verificaran si entre los comensales estaban representadas todas las
provincias argentinas. Habiendo confirmado que no faltaba ninguna, alzando en
el aire una empanada, lanzo una de sus acostumbradas dagas verbales: “La verdad
es que ninguna empanada en el mundo vale la empanada sanjuanina”.
Decir esta frase en el
primitivo trapiche que los tucumanos Nogués habían transformado en suntuosos
edificios y pasmosas fábricas, resultó una provocación para sus comensales.
La historia está
registrada en el libro “Sarmiento Anecdótico”, de Augusto Belín Sarmiento. Y
cuenta que, en el acto, un jujeño interrumpió el silencio de estupor que causó
tan insólita declaración, y luego de aclarar su aprecio por la opinión de
Sarmiento, sugirió la presunción de que los conocimientos del presidente no
hubiesen alcanzado hasta la empanada de Jujuy, la más sabrosa y la que no podía
comerse sino con la camisa arremangada, para chuparse los dedos hasta el codo…
El relato avanza
diciendo que un correntino dijo que esas cosas no se discutían, siendo la de su
heroica provincia la única empanada posible. Siguieron mendocinos, puntanos,
catamarqueños, santiagueños y salteños, declarando detestables a todas las
empanadas que no fuesen las de su pago.
Don Pepe Posse desafío
a quien quisiera revelar el guante que presentase ahí mismo algo mejor que la
empanada tucumana que todos estaban saboreando, lo que parecía darle una fácil
victoria.
Un senador por Córdoba
estableció como petición de principio que, aun cuando en su vida hubiese comido
ninguna especie de empanada, tenía por averiguado en su fuero interno y en el
santuario de su conciencia que la cordobesa era el non plus ultra de las
empanadas. La batahola de encontradas pasiones fue subiendo de punto, hasta que
Sarmiento impuso silencio, diciendo más o menos lo siguiente: “Señores: para
hacer valer cada uno la empanada de su predilección, hemos hecho caso omiso de
la empanada nacional. Esta discusión es un trozo de historia argentina, pues
mucha de la sangre que hemos derramado ha sido para defender cada uno su
empanada. Sería bueno que alguna vez, al lado del sacrosanto amor a la empanada
de nuestro terruño, tengamos indulgencia por las demás empanadas. Amemos,
señores, la empanada nacional, sin perjuicio de saborear todas…”.
La arenga de Sarmiento
se daba en momentos en que el país no terminaba de resolver su federalismo. Los
rasgos de identidad sobre los que argumentaba el padre de la educación
argentina nunca se desdibujaron con el paso de los años. Tampoco nació la
empanada nacional. Afortunadamente.
Y pensé que es mejor no dar ideas.
Porque en este momento el Rojo come empanadas que le provee uno solo.
Parece que en exclusividad.
Y los de arriba se divierten mirando.
Tienen la manija y la máquina de hacer chorizos.
Sarmiento no les gusta nada. Adoran al de barba.
Ya se van.
Miré a través de la ventana y garuaba finito, como a Mi me
gusta. Humedece y no moja.
Y me acordé del repulgue que hacía mi vieja, avisándome cuando
me olvidaba de poner la aceituna.
Semáforo para peatón, cruzo caminando y por suerte un
Peugeot no se destroza contra mi pierna.
La imagen de mi Rojo en Mardel no me abandona.
Ganamos con un gol inválido que si hubiese sido el mismo
pero en contra estábamos en la ONU.
Con un DT que para limpiarse el culo necesita un plano.
Me daba vuelta lo de las empanadas. Y Sarmiento.
Cuando pensamos que tenemos la mejor empanada
No en el estómago, en el cerebro.
Sin aceituna.
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