Por Eduardo Verona
Se fue instalando en el fútbol argentino la transferencia de
responsabilidades. Los jugadores, los técnicos, también los dirigentes y en
algunos casos cierta prensa cautiva, le exigen a los hinchas que no critiquen,
que no desaprueben y que si les disgusta el rendimiento de un equipo no se
manifiesten y cultiven el aliento interminable.
La tendencia de culpar a los hinchas
Notas relacionada
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Se desdibujaron de manera notable las exigencias en el
fútbol argentino. O se reformularon drásticamente. Antes, no hace tanto tiempo,
las exigencias estaban dirigidas a los jugadores, a los técnicos y a los
dirigentes. Ellos tenían que dar respuestas. Buenas respuestas. Ahora, las
exigencias cambiaron: son para los hinchas. Ellos tienen que dar respuestas.
Buenas respuestas.
Es raro y provocador el cambio. ¿Qué se les pide a los
hinchas que habitan tribunas, plateas y palcos? Sobre todo que tengan
paciencia, tolerancia, que sepan esperar sin inquietarse en ningún momento, que
no manifiestan contrariedad ante los malos rendimientos, que no silben, que no
levanten murmullos de desaprobación, que si no les gusta la producción del
equipo alienten igual, que apoyen siempre, que aplaudan y que si lo que les
devuelven los protagonistas en la cancha es mediocre o pésimo no lo condenen
porque los jugadores y el entrenador pueden verse afectados anímicamente al
sentir presiones externas que los desequilibran.
Es particular el cambio. O esta nueva configuración para ver
un partido de fútbol. Ahora los que exigen son los intérpretes. No los
espectadores. Este pedido que el ambiente del fútbol argentino (la prensa
también coloca sus fichas) ya naturalizó es insólito. Como si los hinchas
fueran convocados a las canchas solo para mostrar repetidos gestos de
aprobación y apoyo irrestricto. Si no lo hacen (porque el equipo juega mal), si
se rebelan a estas normas no escritas, entonces estarían perturbando el clima
de tranquilidad y paz que se necesitaría para progresar.
El hecho es inédito. ¿Quién podía imaginar hace algunos años
que los jugadores y los técnicos plantearan públicamente que a la hora de un
partido las voces adversas o cuestionadoras debían llamarse a silencio para no
incomodar y desatar nervios, temores y angustias en los protagonistas? Por
ejemplo, en Independiente, esta teoría transformada en tendencia se encuentra muy presente.
Quizás por eso mismo apenas arriba un nuevo cuerpo técnico,
como en esta caso el que lidera Ariel Holan (observado con desconfianza por los
jugadores por la exigencia inicial que ya está planteando), también se pone
énfasis en la conducta que tendrían que expresar los hinchas apoyando sin
pausas al plantel. De alguna manera se vampiriza o se responsabiliza a la
gente. Como si fueran culpables directos de las deficientes campañas del
equipo.
Lo que se ve con claridad meridiana en Independiente,
también se observa en muchísimos clubes. Es una forma subliminal de transferir
compromisos futbolísticos que no son ajenos. De proyectar en el otro la propia
frustración o incapacidad. De hacerlo parte. De meterlo en el medio del baile.
Y de incluirlo como un actor fundamental del capítulo deportivo aunque no lo
sea.
Los hinchas cumplen su rol secundario. Como lo hicieron a lo
largo de la historia. No juegan. No toman decisiones. No compran ni venden, ni
pueden reemplazar a nadie. Participan hasta ahí. Puede influir su aliento o su
desaliento como influyó siempre desde que el fútbol es fútbol. Pedirles que
sean algo así como articuladores decisivos de la marcha de un equipo, es un
despropósito insalvable y peligroso.
Por supuesto, nadie justifica que los hinchas (son minoría)
insulten a mansalva. Menos aún que tengan comportamientos amenazantes y
violentos. Pero la desaprobación explícita durante un partido forma parte de la
naturaleza misma del fútbol. Igual que los aplausos. O las ovaciones. Si a los
jugadores y a los técnicos les pesan demasiado las opiniones diversas del
público lo que delatan es una gran fragilidad o deuda temperamental para
afrontar las adversidades que siempre están presentes.
El tránsito incierto por las adversidades, en definitiva,
suele revelar la personalidad (fuerte o débil) y la verdadera dimensión de un
equipo. Y de un entrenador. Exigirle y tirarle el fardo a los hinchas es ir de
contramano. Y es desdibujar con intenciones aviesas el mapa histórico del
fútbol.
Fuente Diario Popular


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