Por Eduardo Verona
¿Por qué los árbitros argentinos tienen desempeños que
precipitan los peores juicios de valor, como los registraron Diego Ceballos y
Marcelo Aumente en la final de la Copa Argentina? Porque revelan graves
problemas de formación, interpretación y un altísimo nivel de soberbia, producto
de los valores que reivindica la corporación. En ese escenario verticalista,
despojado de autocrítica, son víctimas y victimarios.
Transcurridos unos días de los penosos desempeños de Diego
Ceballos y su asistente Marcelo Aumente en la desvalorizada consagración de
Boca como campeón de la Copa Argentina frente a Rosario Central, parece
oportuno no abandonar el tema. Y hacer algunas preguntas que tendrán una
respuesta.
¿Es difícil ser un buen árbitro? Sí. ¿Es difícil ser un buen
médico? Sí. ¿Es difícil ser un buen actor? Sí. ¿Es difícil ser un buen jugador
de fútbol? Sí. ¿Es difícil ser un buen entrenador? Sí. ¿Es difícil ser un buen
electricista? Sí. ¿Es difícil ser un buen político? Sí. ¿Es difícil ser un buen
sindicalista? Sí. ¿Es difícil ser un buen abogado? Sí. ¿Es difícil ser un buen
tornero? Sí. ¿Es difícil ser un buen matricero? Sí. ¿Es difícil ser un buen
diseñador? Sí.
Todo es difícil. Hasta lo más simple tiene su complejidad.
Ser un buen árbitro de fútbol también es complejo. Demanda inteligencia para
interpretar los hechos, gran poder de observación y concentración y una coraza
para no ser permeable al entorno, las manipulaciones, los lobbys, las distintas
camisetas y las influencias que nunca
dejaron de existir.
Ceballos y Aumente quedaron en el ojo de todas las
tormentas. Y no está mal que ocurra. Hicieron todo pésimo. No solo por el penal
insólito que le regalaron a Boca, sino por el gol legítimo que le anularon a
Marco Ruben y por el gol en posición adelantada que le convalidaron a Chávez.
Ceballos insiste en declarar que el error se focalizó únicamente en el penal.
No es cierto. Fueron tres los errores, todos ellos en contra de Central.
Ceballos puede decir lo que mejor le parece para aliviar su carga y manipular a
los que pretende manipular. Los hechos son los que vieron todos. Si Ceballos y
su compañero quieren dar vuelta la tortilla para confundir a la opinión pública
es una cuestión que también define la lógica de los árbitros argentinos.
¿A qué tipo de lógica nos referimos? A la lógica de la
corporación. Porque hay muchas corporaciones. Algunas más dañinas que otras.
Los árbitros, en el marco de esa corporación, naturalizaron que no tienen que
darles explicaciones a nadie. Así se formaron. Así los orientaron. Así fueron
subiendo escalones. Así alimentaron la soberbia indisimulable que los fue
forjando. No es casualidad que Aumente el pasado viernes en la TV haya
afirmado: "No somos necios, no cometí ningún error grave. Y volvería a
hacer lo mismo. No le robamos nada a nadie".
Cuando admiten un error es porque ese error es más evidente
y más grande que la muralla china. A diferencia de Aumente, Ceballos revisó su
rendimiento. No por humildad. No por arrepentimiento ante la debilidad expuesta.
No por necesidad de replantearse el error consumado. Simplemente porque se vio
obligado. Porque no le quedaba otra posibilidad ante el calibre de los
acontecimientos.
Esa indulgencia crónica para observarse trasciende a
Ceballos y Aumente. Es la indulgencia incorporada por la grey de los árbitros. Como si fueran los
sabios de la tribu. Como si los otros estamentos del fútbol no estuvieran a su
altura. Como si nadie pudiera interpelarlos porque se estarían vulnerando los
reglamentos sagrados del fútbol de todos los tiempos. Se equivocan.
No están en ningún Olimpo los árbitros, como algunos creen o
quieren hacer creer. No se bañan en agua bendita. La realidad es que ven lo que
no ocurre y lo que ocurre no lo ven. Ceballos y Aumente no dejan de ser dos
hombres providenciales. Dos hombres que forman parte de un sistema que a veces
los arropa como víctimas y a veces como victimarios, como ocurrió en el
reciente Boca-Central, disputado en Córdoba.
Cuando fallan, como fallaron de manera grosera en tres
oportunidades decisivas que determinaron el rumbo y el resultado del partido,
quieren cerrar filas. Ocultar lo inocultable que es el error flagrante. Y salir
del escenario. El verticalismo con que fueron educados para convertirse en
árbitros, no les permite otra respuesta que la desesperación por zafar. Y por
transferir responsabilidades a la prensa, a los jugadores, a los dirigentes, a
los hinchas o a quien sea. Por eso Ceballos atinó a declarar, apelando a la
comprensión del ambiente: "Soy un ser humano, no un robot".
Precisamente se formaron como robots. Como unidades que
privilegian la uniformidad absoluta, más allá de las grandes vanidades
personales que denuncian en cualquier charla formal o informal. Cuando la
imagen de la perfección sobreactuada que abrazan los árbitros sufre un
contratiempo importante, los desbordan los acontecimientos. Porque no están
preparados para interactuar con el error y con la derrota. No lo asimilan. No
lo asumen. Se creen lo que nadie es: infalible. Y revelan lo peor: interpretan
que son los dueños de la verdad absoluta.
Ceballos y Aumente son dos protagonistas emergentes de la
crisis. Esta vez les tocó a ellos, como a Gabriel Brazenas en el 2009 después
de aquel Vélez-Huracán que dejó al Globo en la dimensión desconocida. Mañana,
les tocará a otros. La corporación de los árbitros los banca hasta ahí. Y si no
los banca más es porque la suma de errores indefendibles cruzaron algún límite.
Y ese límite también tiene sus interpretaciones. De todo tipo.
Fuente Diario Popular

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