Por José Luis Torres
Ojalá podamos aprovechar este triunfo maravilloso para
entender que la solución a nuestros gravísimos problemas está en nuestra
identidad, en nuestros genes, en el fondo de nuestra gloriosa historia
Sólo un punto de partida para volver a ser Independiente, el
verdadero Orgullo Nacional
La imagen se puso borrosa, el televisor se corrió 20 metros,
la voz del veterano y errático relator se convirtió en un eco lejano y difuso,
las luces del living se apagaron, faltaba la saliva, zumbaban los oídos, el
mundo se detuvo.
Casi de la nada, cuando todavía nos estábamos reponiendo del
insólito gol que se comió debajo del arco Santiago Silva (¿podríamos hacerle
una peña, no?), apareció el Tecla pellizcando la bola ante la salida de lo que
quedaba de Schiavi, quien no pudiendo más con su alma, se tiró al suelo con la
pierna cambiada, haciendo un hoyo en la Bombonera y en el orgullo de los
"xeneizes".
Entonces, vimos al Tecla yendo hacia Orión con la furia de
un preso que corre hacia la libertad, sorteando todas las barreras imaginables.
Claro que nuestro "reo" preferido cuando enfrentó al último
"guardiacárcel" que lo separaba de la ansiada felicidad, en vez de
dispararle a quemarropa, eligió la elegancia, la gracia, la belleza.
La pluma
en vez de la espada.
Tuvo una respuesta artística bajo presión.
Cuando
cualquiera hubiera fusilado al arquero, él la "pinchó".
Reaccionó como lo que es: un fuera de serie.
Alguna vez dijo
Valdano, "El jugador en un momento cumbre, mano a mano con la gloria,
reacciona como le resulta natural, elige la herramienta en la que más confía:
la mayoría pateará con alma y vida, y los pocos que saben de verdad, la
colocarán lo más lejos posible del arquero".
Farías ni lo pensó: vio salir a Orión y la picó como si
fuera un entrenamiento en Wilde.
Y la bola no bajaba nunca.
Por un momento
pareció que habían suspendido por decreto la Ley de la Gravedad.
Las cabecitas
quietas detrás del "petrificado" arquero asistían con estupor a la
obra de arte del "9".
Y para agudizar más su dolor.
Ni Laverni inventó
nada, ni el "imbatible" golero levantó los brazos, ni el delantero la
tiró afuera.
Entró mansa, por la mitad de arco como un puñal.
Bienvenido
Ernesto a la historia grande de Independiente.
Pase, siéntese, se ha ganado un
lugar en nuestros corazones.
Antes hubo un partido, como antes de los últimos años
(podríamos decir que la Supercopa del 94 marcó el fin de una era, aunque fue
bastante después que se dio vuelta la balanza en la estadística) hubo una
historia que nos favorecía rotundamente.
Como había estilos, ese que Boca
respetó e Independiente dejó de lado.
Por eso, nos va como nos va.
Y a ellos
les va como les va.
Los últimos ciclos exitosos de los de La Ribera tienen la
misma austera marca en el orillo: Lorenzo, Bianchi y Falcioni.
Defensa granítica,
disciplina táctica, gran entrega física, pierna fuerte y destemplada, juego
aéreo, wines pícaros y picantes (como Mastrángelo o Guillermo) y algún goleador
inspirado (Palermo, por mencionar al más importante).
Sólo la extraordinaria
presencia de Riquelme -un tipico producto de la cantera de Argentinos, cuyo
estilo tiene tanto que ver con los colores que defiende como Damas Gratis con
el Teatro Colón- le dio un toque de magia.
Un poco de belleza a tanto barullo
ganador.
Siguiendo ese camino tan amarrete como efectivo, Boca nos
dio vuelta la paternidad y casi nos alcanza en cantidad de Copas Libertadores
(¡Suerte este año!).
Nosotros, en cambio nos traicionamos hasta el cansancio.
Con entrenadores como Falcioni y dirigentes como Comparada.
Traicionamos una
tradición de juego ofensivo y administración cristalina.
Y nos volvimos un
equipito y un club del montón.
Por eso es importante este 5-4. Porque puede ser
un punto de partida para volver a ser el "Orgullo Nacional".
Estamos lejos, pero hay algunas señales positivas: regresó
la decencia al sillón presidencial, el "Bocha" a opinar desde
adentro, un espíritu de grandeza que se vio al principio y al final del
partido, muchos chicos de inferiores en cancha con el "Pato" y el "Avispa"
a la cabeza, un entrenador del "Rojo" hasta la médula, que creció
viendo al mítico campeón del '84. Y hasta Milito, que ojalá retorne al nivel
que lo convirtió en el "Mariscal".
Que esta alegría sea constructiva, útil, que se quede
Cristian Díaz, quien aún con sus "pecados de juventud" (Ferreyra no
puede jugar de tres, aunque haga 1000 goles de tiro libre por partido y al
arquerito le falta), demostró que tiene ganas, que va para adelante y que
siente la camiseta.
Es ese orgullo, esa identidad, ese amor lo único que puede
sacarnos de este pozo ciego, sin quiebras ni descensos.
Si nosotros volvemos a
ser Indepediente, Boca volverá a ser Boca.
O mejor dicho, será Boca para
nosotros.
Ese equipo duro, difícil, mañero, con dos o tres grandes jugadores,
al que le ganábamos casi siempre porque teníamos la pelota y lo atacábamos.
Porque éramos mejores. Porque éramos Independiente, el "Orgullo
Nacional".
Ese que jugó siete finales de Copa y ganó las siete -ninguna
por penales, porque se jugaba tercer partido para evitar la lotería-, mientras
que otros perdieron 3...
Fuente Play Futbol

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