Por Javier Brizuela
Pasaron dos días del partido y todavía duele otra
eliminación de esta Copa Argentina que siempre más pronto que tarde nos termina
golpeando. Nuevamente teníamos un fixture favorable para al menos superarnos en
el certamen y alcanzar por primera vez los cuartos de final. Nos ilusionamos y
recibimos uno de esos cachetazos que cuando proviene de una categoría inferior
suena más fuerte.
Y lo peor de todo es como jugó el equipo, como está jugando
desde hace rato. Porque saquémonos las caretas, todavía nos dura la alegría de
la Sudamericana, más con el envión de la decimoctava, pero Independiente hace
mucho tiempo perdió su fútbol.
Y que lo recupere un ratito cada tanto no significa que lo
tenga. No hay frescura, cambios de ritmo ni intensidad. La modificación del
dibujo en el medio no da resultado aún y los rendimientos individuales por
debajo de las posibilidades hicieron caer el colectivo, o al revés, da igual. Y
no podemos mantener un similar funcionamiento cuando salen varios de los
titulares, algo que el año pasado no ocurría.
Lo sabemos los hinchas, el plantel y también por supuesto el
entrenador. Y nos preocupa a todos, tanto como quedar eliminados de un torneo
por Brown de Adrogué, como el arranque en la Superliga o el inminente choque
frente a River por los cuartos de final de la Copa Libertadores.
Y es acá donde me quiero detener. Donde nos tenemos que
detener, para enfocar correctamente antes de correr el riesgo de perder el
foco. Porque una cosa es la preocupación genuina y las críticas constructivas
válidas a un entrenador y un plantel que cometen errores como cualquier ser
humano. Y otra distinta es darles de comer a fantasmas que lamentablemente para
muchos, ya no tienen más lugar en Avellaneda. Las chicanas y operaciones
mediáticas al entrenador de hockey y sus drones y al sindicalista contra del
gobierno, no tienen cabida en este Independiente que ellos reconstruyeron.
Hoy más que nunca tenemos que tener bien claro los problemas
futbolísticos que nos preocupan, para ocuparse y solucionarlos lo antes
posible. Pero sabiendo que se dan en un contexto soñado, y que existe gracias a
esta dirigencia que nos devolvió el club y a este técnico que hizo lo mismo con
nuestra identidad y mística. Y por supuesto también a este plantel, que jugando
mejor o peor demostró siempre que se entrega entero y es confiable, sobre todo
en los momentos más difíciles.
Del Maracaná a hoy los partidos que Independiente disputó en
primer nivel fueron pocos, es cierto. Pero se dieron en el marco del objetivo
más importante, el que nos muestra entre los mejores ocho luego de 31 años.
Y es posible aspirar a más, porque no es casualidad que
estemos ahí. Puede darse este año o no, obviamente no lo sabemos. Pero estamos
en el lugar del que nos alejamos durante mucho tiempo y en donde el sueño está
al alcance.
Cinco años atrás, ante el mismo rival del lunes, una
dirigencia incapaz nos puso una careta en los asientos, quizá para que nos
tapemos por la vergüenza de ver a nuestro club destruido y en otra categoría.
Hoy tenemos bronca por la eliminación del lunes, preocupación por el nivel
futbolístico del equipo, pero la fe intacta en un entrenador y un plantel que
nos metió en los cuartos de final de la Copa Libertadores.
Y sin ninguna careta.
Fuente Orgullo Rojo


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