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Vicente Muglia / vmuglia@ole.com.ar
Aquel equipo del Apertura 2002 ya quedó en los libros
no sólo por ser, hasta el momento, el último Independiente campeón de un torneo
local sino por un estilo que respetó la historia del club.
Con un Leo Díaz sobrio y sostenido en el fondo por el
triángulo formado por un sólido Franco, la jerarquía del mejor Milito y lo que
raspaba Castagno Suárez, el resto del equipo tenía la vocación ofensiva como
principal rasgo.
Serrizuela y Domínguez aportaban con sus subidas (Tibu por su pegada
y Fede por sus diagonales al área).
Guiñazú era el equilibrista, el cerebro de
ese equipo en la mitad de la cancha.
Pusineri era un 8 mentiroso: siempre
terminaba de 9 (si hay alguna duda, observar el “gol del campeonato” a Boca).
Insúa y Montenegro se repartían la generación de juego y cuando no aparecía
uno, lo hacía el otro.
Y Silvera se destapó como un goleador letal que, por su
capacidad técnica, también se sumaba al circuito creativo.
Así, ese Rojo metió
48 goles en 19 fechas. Como para no dejar una huella.
Fuente Olé
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