Por Román Failache
Anoche tuve un flashback. Me vi muerto en vida observando un
partido de copa, como aquel 12 de septiembre de 2017, donde juro podía
observarme en tercer plano, con la
cabeza entre las manos.
Ese, entonces, había sido un poco más cruel, porque
Independiente había malogrado un penal y a los cinco minutos, le cobraron uno
en contra. Casi perece en un santiamén, pero Campaña nos dio aire contra él
Pulga. El resto es historia conocida.
En cambio, el de ayer fue un trago un poco más digerible,
pero con una carga emocional enorme. La sensación general de desencuentro con
el VAR pese a que lo que se cobró fue lícito, el resquemor latente de haber
vivido estas decepciones y no poder revertirlas (vs Santa Fe en 2015, cuando el
Ruso regaló la serie), el asfixio tras el error de Benítez y el desahogo final,
todo apenas en un puñado de minutos, todo en un ratito. Una noche copera de la
que salimos airosos. Una más de las que acostumbramos.
Desde que me acosté que me quedó deambulando en la cabeza el
porqué de la victoria de Independiente y siempre concluyo en lo mismo: tuvo que
haber sido por mística, porque fútbol tuvo poco y de a ratos. ¿Pueden convivir
tres facetas de un mismo club en apenas noventa minutos? Sí. Un equipo
revulsivo, aguerrido y valiente hasta el gol anulado; otro completamente
antagónico, sin reacción psicológica y desmotivado que se cavó su propia fosa;
y el de los últimos 15 que ganó por atropello y divinidad. Para Quito, la
primera observación es menester: habrá que ser capaces de unificar estas partes
y regularizarlas para un rendimiento sostenido. Allá va a ser brava.
Apenas van cuatro partidos, pero algunos punteos se pueden
hacer de este Independiente en construcción. El de Beccacece es un equipo al
que le llegan poco y ayer no fue la excepción. Se lo ve más armado, mejor
plantado y con más confianza, esa misma que se derrumbó después de la
estrafalaria pifiada de Benítez. El Chino Romero, vestido de redentor, fue el
ángel menos esperado y, en el combo, nos dio un Fosfovita para que volvamos a
recordar lo que era jugar con un nueve de referencia. Ojalá esa moda absurda de
regalar partidos sin delanteros se haya terminado ayer. El Tucu Palacios
exhibió rebeldía y sin dudas va a ser imprescindible cuando agarre más
confianza y tome mejores decisiones en los metros finales. Sánchez Miño jugó un
partido para mostrar en todas las escuelitas de baby fútbol. Pablo Pérez cambió
la ecuación en el complemento y filtró varias pelotas claras de gol. Y si le
sumás que no estuvo disponible Cecilio y que aún queda incorporar al plantel al
Perro Romero -a quien le tengo una fe enorme-,
se hace difícil no ilusionarse. Con los ajustes pertinentes, no tengo
dudas que este equipo va a funcionar.
Otra vez Quito y otra vez un contexto desfavorable, la
altura que tanto frecuentamos en esta edición de la Sudamericana. La
experiencia de haber pasado por este terreno tiene que ser vital, porque el más
mínimo error puede costar carísimo. Además, el rival no es el mismo. Sin
grandes aires, el tocayo Independiente demostró ser prolijo y ordenado. El
resultado de local, “corto” como lo definió Beccacece, va a servir siempre y
cuando se intente jugar y no solo defenderse, como pasó la semana pasada ante
la U.
Tal vez esta edición pasó tan rápido que no nos dimos
cuenta. De lograr el objetivo el martes próximo, apenas tres partidos nos
separarán de la gloria y de la oportunidad de volver a ser el más ganador de
América en títulos internacionales (con el plus, además, de convertirse en el
líder de las dos competencias que se disputan actualmente). Acá es cuando se
ven los pingos e Independiente tiene que hacer valer su mote de Rey de Copas de
nuevo. Solo tres partidos para volver a inmortalizarnos para siempre.
Anoche tuve un flashback y algo me cosquilleó por dentro.
Debe ser que la historia está cerca.
Fuente Orgullo Rojo


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