En Mardel, se cruzaron el Ruso Rodríguez y Juan Mónaco en un
partido a beneficio.
Por Beto Tisinovich
Diego Rodríguez las pasó todas en Independiente. Era el
cuarto arquero detrás de Hilario Navarro, Gabbarini y Assmann. Formado en las
Inferiores bajo la tutela de un grande como Miguel Angel Santoro, se comió el
descenso del Rojo. Nadie le reprochó nada en esa paupérrima campaña de Gallego,
que Brindisi no pudo enderezar. Fue suplente las tres primeras fechas de la BN
y Miguelito tuvo que volver a ponerlo en su último partido. El Ruso la rompió,
a pesar del 1-2 contra Atlético Tucumán y no salió más. Fue uno de los pilares,
junto con Mancuello, de devolver al Rojo a la categoría vip con Omar De Felippe
en el banco. Todo fue muy sufrido y la muestra del desempate con Huracán da fe
de ello.
Se ganó el respeto del mundo futbolero porque cuando la
pelota quemaba, se encargó de patear los penales de los que el Rolfi ya no
quería hacerse cargo. Ahí se convirtió en un líder, adentro y afuera de la
cancha. En ese tiempo de falta de referentes, él tomó la posta como Verón en
Estudiantes, Diego Milito en Racing, Ortigoza en San Lorenzo o Tevez en Boca.
Eso sí, su forma de ser siempre le jugó en contra porque a veces parece que
sobra la situación. Quizá técnicamente no sea un top, pero en la interna del plantel
saben que el Ruso es un indiscutido. Defendido a rajatabla por la dirigencia y
el cuerpo técnico que comanda Pellegrino, la mayoría de los hinchas preferiría
no verlo más: le endosan la eliminación de la Sudamericana contra Santa Fe por
el penal que le atajó Robinson Zapata y el gol que le hizo Leyvin Balanta. Ojo,
razón a los muchachos del tablón no les falta: tuvo una noche horrible y el
resultado lo condena, pero se tiene fe para dar torcer la historia y la vuelta
con el CAI.
Fuente Olé
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