Una AFA oscura y vacía, un símbolo.
Por Diego Latorre
Esta primera columna del año no tendrá el cariz habitual.
Romperé la regla de observar el fútbol desde el juego, y también la de
referirme poco y nada a mis propios sentimientos. Porque creo no equivocarme al
decir que somos muchos los que compartimos la preocupación, el dolor, la
angustia, la tristeza de observar lo que está ocurriendo en el fútbol
argentino. Y también porque crecí jugando al fútbol, fui protagonista, formé
parte, y este proceso de descomposición me toca muy a fondo.
"Estamos todos borrachos de engaño", escribió
Dante Panzeri en los años 60, y tenía razón. Hemos vivido engañándonos durante
demasiado tiempo. Todos, porque cada uno desde nuestro lugar somos cómplices y
desde la pasividad y el silencio hemos prestado el consentimiento para llegar a
este punto. Los comunicadores hablando sólo de la agenda del día sin mencionar
lo que ocurría de manera subterránea. La Justicia, los dirigentes, las
instituciones y los mismos protagonistas permitiendo que se naturalicen
cuestiones como la existencia de barras bravas, la ausencia de visitantes en
las canchas, la desorganización o la pobreza de infraestructuras. Y también los
hinchas, interesándose sólo en que la pelota entre y su equipo gane, ignorando
las graves cuestiones estructurales que tenían lugar en sus propios clubes.
Todos, en definitiva, acomodándonos con resignación a
situaciones que nunca debimos permitir. Fuimos corriendo el límite de lo grave
hasta perder la capacidad de asombro, conformándonos con el "mientras
tanto": "mientras no me pase nada a mí", "mientras la
pelota siga rodando", mientras, mientras, mientras. Y recién al recibir la
bofetada decimos: "Pucha, ¿qué fue lo que pasó? ¿Qué hice yo en todos
estos años?".
Ahora llegó el momento de no engañarnos más. Me gusta
renovar las esperanzas y las ilusiones con cada partido. Tengo añoranza del
gran espectáculo del fútbol, pero año tras año me vuelvo más escéptico, y
aunque no me guste termino aceptando que mi escepticismo es fruto de esta
realidad que nos sitúa en el fondo de un pozo del que será muy difícil salir.
Aunque sinceramente, ni siquiera sé si tocamos fondo. Porque
veo gente irresponsable, poco idónea, sin ánimo ni capacidad para cambiar las
cosas. Son los mismos dirigentes que han participado de conducciones pésimas,
que han empobrecido a los clubes y a la propia AFA pese a ser el segundo mayor
país exportador de futbolistas del mundo, que no han sabido manejar el capital
pasional de los argentinos y, desde ya, que muestran un total desinterés por el
componente de juego que representa la esencia del fútbol. En tales condiciones
tengo dudas de que ellos solos y por su cuenta sean capaces de resolver la
situación. No creo que un trago de poción mágica pueda transformar a un malo en
bueno.
Estos directivos dejaron paradójicamente a cargo de la
decisión de comenzar o no los torneos este fin de semana a los futbolistas, que
jamás fueron fuente de consulta para nada y a quienes la perversidad del
sistema convirtió en funcionarios invisibles, silenciosos e impotentes que sólo
cumplen con lo que les indican.
El protagonismo imprevisto de los jugadores es, en cierta
medida, lo único positivo de los últimos días, porque les permitió una toma de
conciencia que quizás sirva para volver a dignificar la profesión. Ningún
futbolista puede hoy sentirse orgulloso de jugar en el fútbol argentino porque
a nadie le gusta estar en un lugar contaminado. La fatiga y el estrés que
provoca la tremenda cantidad de obstáculos a los que deben enfrentarse todos
los involucrados sólo pueden producir una cosa: ganas de fugarse cuanto antes.
Tevez fue el último y emblemático ejemplo.
Los que jugamos en otra época vivimos un tiempo de grandes
líderes, gente con trayectoria, fuerza y peso específico en los clubes como
para marcar el camino. Hoy eso no existe. La comercialización nos ha pervertido
a todos hasta aislarnos y hacernos tan indiferentes que hasta las luchas
colectivas han quedado entregadas a la industria del fútbol.
El drama es que en la Argentina esa industria ni siquiera ha
sabido crear las condiciones mínimas para que los jugadores, los únicos
indispensables para sostener el negocio, lo desarrollen de forma adecuada. Y
así estamos...
Fuente Cancha Llena
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