Cuando
Independiente descendió, Luciano Olivera, fanático de los Rojos, le escribió a
su padre una carta que tuvo mucha repercusión en las redes sociales; ahora, en
primera persona, vuelve a compartir sus sensaciones
Por Luciano
Olivera | Blog hombre de campo
Independiente sigue sumergido en su
crisis. Foto: LA NACION / Emiliano Lasalvia
Luciano Olivera, un sentimental hincha de
Indepndiente, le escribió una carta a su padre el día que el Rojo descendió. El
periodista vuelve a hacerlo y comparte sus sensaciones tras el debut del equipo
de Avellaneda.
Viejo...
Viejo, ¿estás por ahí? ¿Cómo anda todo por el cielo de los ateos? ¿Alguna
novedad, algo para contarme? ¿Llegó algún refuerzo? Bueno che, es un chiste...
Por acá todo
bien, todo bien... Mañana es el cumple de tu nieto Juan Manuel -ese salió
bostero- y aprovechamos para festejar el de otra nietita que tenés, Lauri...
Los años pasan, los chicos crecen.
Lola
bárbara, no para de crecer ¿Podés creer que tiene novio? Luca se llama... No me
gusta mucho la idea, pero cierro los ojos y me acuerdo que yo a esa edad moría
por una tal Carolina, yo que sé. Si, ya sé que querés saber de Independiente...
No seas ansioso.
El Rojo va
bien viejo, ¿cómo va a estar? Re bien. Al fin llegó el día del debut en este
torneo nuevo... Lindo campeonato, largo como los de antes, federal,
competitivo. Da gusto la verdad.
Así que a la
mañana temprano busqué una camiseta de los 80 que conservo como reliquia, para
usar de cábala. Me la quise poner ¿Podes creer que no me entró? ¿Cuándo fue que
me puse tan panzón? En fin, detalles.
La cuestión
es que salí temprano para la cancha. Pasé a buscar a Diego, amigo y compañero.
De esos que están en las buenas y en las malas mucho más. Sumamos a su hijo,
Nico y otro amigo de su edad, Fede, porque precisamos sangre nueva. El viaje
tranquilo... Yo al volante, ellos me iban leyendo en twitter (una red social
donde te podes enterar de cosas al instante, algo así como las teletipos que
usabas vos pero bueno, de ahora) las formaciones, las últimas novedades...
Llegamos a Avellaneda bastante rápido, hay que decirlo.
Una pesadilla: Independiente perdió en su
debut en el Nacional B
Ahora, lo
que es la memoria emotiva, ¿no? Venía relajado, pero en cuanto cruzamos el
Riachuelo, el corazón me dio un vuelco... Los olores, los colores, toda la
historia se me vino encima, una vez más.
No sabes qué
lindo fue el recorrido hasta la cancha. Rojo por donde te imagines. Eramos
miles, decenas de miles. Viejos, jóvenes, chicos, muchísimas mujeres. Todos en
esa caminata que parece una procesión, ¿no? Atea, ok, pero algo de religiosa
tiene. No seas cerrado.
La llegada
al Estadio fue mágica. Entramos con un grupo que llevaba unos mástiles en los
que ondeaban banderas que de tan rojas parecían embebidas en sangre. Ahí nomás
empezaron los cantos. Hay algunos que no llegaste a escuchar y que son lindos.
Me gusta mucho uno que dice algo así como "mi viejo me hizo del rojo, de
la cuna hasta el cajón". Eso hiciste conmigo. Te lo agradeceré siempre.
Bueno, perdón, pierdo un poco el hilo. Vos querías que te hablara de fútbol.
Subimos a la
platea alta (se llama Erico, eso te debe poner contento ¿no?) y nos acomodamos.
Faltaba una hora para el partido, la gente estaba llegando. Como no hay hinchas
visitantes (dejá, otro día te explico por qué), éramos todos de Independiente.
De a poco, la fuimos llenando. Una multitud viejo, en serio. Como en las viejas
épocas.
El primer
impacto, el primer rugido, fue cuando salió el arquero a calentar. Apareció
desde el túnel con el suplente y con quien los prepara. A ese lo conoces. Si me
lo habrás nombrado... Pepé Santoro. Un grande.
Fijate las
ganas que habría de alentar que aparecieron ellos, medio tímidos y la hinchada
estalló en aplausos, cantos, gritos. Y todavía faltaba un montón.
Cerca mío
tenía al típico padre con su hijito. No tengo que decirte que los miré de un
modo muy, muy especial. No sé si dieron cuenta, pero por un rato no les pude
sacar la vista de encima. El hombre le señalaba al nene las tribunas, la
hinchada: me pareció ver el mismo ritual que vos hacías conmigo. Te recordé con
emoción.
La marca de
ropa que usa el plantel tuvo una idea original. Dejó en cada butaca una máscara
de diablo. La idea era que todos nos la pusiéramos para recibir al equipo. Te
confieso que cuando la agarré me sentí un poco pavote, pero viste como es eso
de la masa... Sin saber bien porqué, me la calcé y me dispuse a mirar la salida
por los agujeros de cartón.
De repente,
el éxtasis. Por la manga asomaron los 11, vistiendo una camiseta muy cargada de
simbolismo para vos. Es "retro". De tu época, digamos. Pero no
"más o menos" de tu época. Es del 27, del exacto año en el que
naciste. Pavada de casualidad, no? Es roja y blanca a bastones, como la de
Estudiantes, o la de Los Andes. Linda pilcha, no lo voy a negar.
Te contaba
de la gente, no sabes viejo lo que era eso... Qué recibimiento, como en las
tardes de grandes finales. Papelitos, humo de colores, fiesta por todos lados.
Grité hasta la afonía. Salté como cuando íbamos juntos.
Cuando el
equipo formó para el saludo, miré un poquito para arriba y otro poquito para
abajo. Para arriba por si el cielo de los ateos está ahí y para abajo porque
era donde íbamos juntos. Me encomendé, digamos, a los dos lugares donde puedo
imaginarte.
Después vino
el pitazo inicial, eso de jugar a la pelota, ganar, perder... Nada, lo de
siempre.
Te dejo,
Rodolfo. Quedate tranquilo que está todo bien.
Sólo un
favor quería pedirte. Si tenes modo de hacerme llegar algún caramelo, te lo
agradezco. Ya estoy medio asqueado de comer aspirinas.
Cuidate
viejito.
No leas nada
más, haceme caso. Yo te voy contando.
Te juro que,
algún día, vamos a volver.
Fuente
Cancha Llena
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